Publicada de manera póstuma por Max Brod, el amigo Franz Kafka, desobedeciendo —afortunadamente— su petición de que destruyera todos sus textos después de su muerte, El proceso es una de las grandes novelas del siglo XX que contribuyó, incluso, a inventar un adjetivo para referirse a situaciones absurdas e inexplicables donde se involucran, usualmente, autoridades: kafkiano. El señor Joseph K. se despierta una mañana en su casa y, en lugar de convertirse en insecto, resulta que es acusado por un crimen del cual no tiene la menor idea, por lo que tendrá que introducirse en un infierno burocrático que nunca da la cara pero atrapa en sus laberintos siniestros al acusado sin ningún tipo de información o evidencia clara. Orson Welles realizó la versión fílmica en 1962 con Anthony Perkins en el protagónico. En tanto, Corazón de perro es una implacable sátira de Mijaíl Bulgákov, inicialmente prohibida, en la que apunta sus críticas hacia la creación del “hombre nuevo” revolucionario en la URSS, retomando elementos de Frankenstein en donde un perro a punto de fallecer es convertido en humano.
Los roles de género y la sexualidad, los vínculos amorosos, la depresión y locura, las consecuencias de la guerra y la colonización, así como la forma de resolver la vida cotidiana en un presente que carga con el pasado a cuestas y un futuro ya plantado de frente, se entretejen en La señora Dalloway, una de las cumbres de Virginia Woolf y del siglo pasado, desarrollada en un solo día que arranca con el clásico “La señora Dalloway dijo que ella misma compraría las flores”, a partir de la organización de una reunión casera en el Londres de los veintes entre personas que llevan tiempo sin verse: narración que se enclava en los pensamientos y perspectivas de los personajes, incluyendo una mirada hacia sí misma, tal como buscó recuperar la novela Las horas (1998) de Michael Cunnigham, llevada al cine por Stephen Daldry en el 2002.
Los locos años veinte, las clases adineradas, el mundo del espectáculo, el art decó, los decorados exagerados, el jazz sonando a todo volumen, fiestas extenuantes y una cierta decadencia se integran en El gran Gatsby, descriptiva y esencial novela de F. Scott Fitzgerald que transcurre en West Egg, ficticia ciudad en Long Island (ahora que se habla tanto de islas de perversión), en la que vamos de la mano del narrador, un vendedor egresado de Yale y participante de la Primera Guerra Mundial que termina relacionándose con el joven millonario del título y su contexto de infieles amoríos, excesos y vacíos existenciales. Ha sido retomada varias veces en el cine, desde la versión extraviada de Herbert Brenon de 1926, hasta la de Baz Luhrman del 2013, pasando por la de Elliott Nugent de 1949, la de Jack Clayton de 1974 y la de Robert Markowitz del 2000, entre otras.
El gran John Dos Passos fue moldeando su estilo y propuso en tono coral Manhattan Transfer, alrededor de diversos personajes que habitan el Nueva York de las décadas finales del siglo XIX a las iniciales del XX con sus cuotas de derrotismo, incorporando yuxtaposiciones narrativas y aventurándose por un escritura libre y apesadumbrada. Por su a parte, E. L. Doctorow también se adentró en la gran urbe para narrar las vicisitudes de una familia adinerada con un negocio de fuegos artificiales que entra en contacto con un niño afroamericano, su madre y su padre, un pianista de jazz que toca, justamente, ragtime, despreciado por un grupo de bomberos con quienes entra en conflicto; también aparece un artista de Europa del Este y algunos personajes históricos: Ragtime se constituyó como un gran fresco de largo aliento de las tensiones raciales y sociales en un entorno convulso.
Retomando el caso de un joven acusado de matar a su novia, aunque él siempre alegó que fue una muerte accidental, Theodore Dreiser escribió con lujo detallista Una tragedia americana, relato alrededor de Clyde, quien de su origen sencillo empieza a involucrarse en contextos al filo de la legalidad y en relaciones conflictivas que lo van sumiendo en un paulatino descenso moral; la novela ha servido como inspiración para obras teatrales, programas radiales y televisivos y películas, entre las que se encuentra Un lugar en el sol (1951), realizada por George Stevens. El Doctor Arrowsmith, novela ganadora del Pulitzer que fue rechazado por Sinclair Lewis, propone un alegato sobre la ética y la investigación en el campo médico a través de un idealista científico metido en constantes líos amorosos y que paulatinamente es reconocido por sus hallazgos, además de tratar de ayudar a la gente ante un brote de peste bubónica en una isla ficticia, en donde trata de mantener los principios de la ciencia pero se ve rebasado por la cruel realidad.
En clave feminista, Edna Ferber entregó ¡Así de grande!, acerca de una viuda que se entrega al trabajo en el campo para sacar adelante a su hijo en una comunidad agrícola de origen holandés cerca de Chicago: novela que retoma elementos costumbristas para enfatizar su esperanzadora propuesta de vislumbrar una posibilidad frente a la adversidad estructural. En La casa del profesor de la originaria de Virginia, Willa Cather, enclavada en el modernismo estadounidense, el protagonista es un historiador que trata de convivir con su famila de sangre y política, mientras se siente profundamente atraído por la llegada de los españoles a América y las mezclas en torno al mundo anglosajón y nativoamericano; la llegada de un alumno aventajado contribuirá a salir de ciertas rutinas por momentos aplastantes.