
El alfarismo como movimiento político nació en la elección de 2009. Enrique Alfaro fue electo presidente municipal de Tlajomulco bajo las siglas del ahora casi extinto PRD. Tras ello, Alfaro fue candidato a la gubernatura de un partido de nuevo cuño: Movimiento Ciudadano (MC). Una marca sin historia que emergía de las cenizas de aquello que conocimos en con el nombre de Convergencia. Alfaro sucumbió frente al PRI de Aristóteles Sandoval, pero eso no impidió que MC se convirtiera en la principal fuerza partidista de oposición. El alfarismo capitalizó el desprestigio del PRI tras un sexenio de escándalos nacionales y la decepción de muchos jaliscienses con el extravío del PAN.
A partir de 2015, MC ha sido predominante en Jalisco. Controla la ciudad por amplia mayoría y lleva tres legislaturas consecutivas siendo la fuerza mayoritaria. Podemos hablar ya de una cierta hegemonía en la última década. De la misma forma, ha tenido presencia en Puerto Vallarta -gobernando seis años-, Ciudad Guzmán y Lagos de Moreno. La oposición en Jalisco tiene poco peso. El PAN es aliado del Gobierno; en Morena hay tres tribus por cada militante; el PRI agoniza, y Futuro se convierte en un partido de nicho, sin posibilidad de llegar a Gobierno. MC sólo se puede pelear con su sombra, como bien lo escribió Diego Petersen. La elección de 2024 sólo MC la puede perder por errores propios.
Este ascenso meteórico del alfarismo en Jalisco ha tenido como consecuencia el abandono de la vida del partido naranja. MC se volvió un cascarón. Un vehículo, pero con poco debate interno. Un simple espejo de las decisiones que se tomaban en el sanedrín emecista. Un partido de corte cesarista -parecido a Morena a nivel nacional. MC se concentró en gobernar y olvidó de dotar al partido de organización, instituciones y reglas para procesar conflictos y decisiones internas. Hubo momentos en donde era difícil recordar el nombre del presidente del partido.
Este modelo de partido topó con pared en la actual coyuntura. Primero porque no existen reglas claras para la sucesión en Jalisco. MC nunca se había enfrentado a la actual coyuntura, a diferencia del PAN o el PRI. Las negociaciones para las candidaturas siempre se hicieron en el sanedrín emecista o de manera bilateral entre Alfaro y los aspirantes a cargos de elección popular.
Segundo porque MC tiene una cantidad de actores políticos relevantes que antes no tenía. MC se ha ampliado y el partido no refleja el cambio generacional que también se vive al interior de la primera fuerza política estatal. Hay actores del pasado, del presente y del futuro que coexisten en el partido. La necesidad de cuidar los equilibrios internos de cara a la sucesión.
Tercero -y no menos importante- a partir de este año, Enrique Alfaro comenzará con un mayor activismo a nivel nacional. El actual gobernador de Jalisco no ha decidido si será candidato, pero lo que es indudable es que jugará un rol de relevancia en los comicios de 2024. MC aspira a alcanzar el doble dígito en la elección presidencial y convertirse en la tercera fuerza política del país. No es un desafío menor para un partido que está dejando su marcado regionalismo y empieza a asomar su cabeza como fuerza nacional.
No pensemos que MC dejará de ser el partido del César y su Corte. Diría que pasará de ser un partido centralizado a ser un partido de cuadros como en alguna ocasión lo fue Acción Nacional. Me explico. Pasar de ser un partido asentado en la visión y la decisión de una persona y su círculo más íntimo a ser un espacio con más voces relevantes en la toma de decisión y que protegen la continuidad del proyecto más allá de las ambiciones personales. Esta especie de mesa de decisión será la encargada de definir los mecanismos de selección de candidatos. Más que convencer a Alfaro, cualquiera que quiera ser candidato a gobernador o a las alcaldías deberá consensuar con las distintas expresiones que coexisten en MC. Alfaro seguirá ejerciendo liderazgo en el proyecto político, pero el partido será un filtro para las definiciones políticas. La concentración emecista de este sábado es el arranque de este proceso de transformación del partido.
No es fácil el proceso de transformación. Tras una década de mucho gobierno y poco partido, MC tendrá que estructurarse como instituto político y eso comporta riesgos: la excesiva burocratización, la cooptación de las estructuras internas, la oligarquización. MC debe verse en el espejo de la decadencia del PAN en Jalisco, un partido con una vida política interna muy robusta que se convirtió en un club que administra la derrota. Sin embargo, no lo queda de otra más que institucionalizarse. Sin una institución que medie, MC podría caer en el famoso dilema del prisionero. En teoría de juegos, el dilema del prisionero supone que si dos sospechosos de un crimen son detenidos por la policía sin pruebas, y cada uno decide salvar su cabeza y embarrar al otro, la consecuencia de su egoísmo supone no sólo un agravio para ambos, sino también atenta contra su propio interés. Es conocido también como el Equilibrio de Nash: la cooperación mejora la posición del grupo y de los jugadores en concreto.
Y es que problema es que, si no son capaces de acordar, MC puede perder mucho. Una división interna podría abrir la puerta de mayor poder a otros partidos o debilitar a MC en su bastión de cara a la elección presidencial. Como el dilema del prisionero, si los jugadores siguen su propio interés, seguramente MC perdería votos de cara a la siguiente elección y hasta habría riesgo de fractura interna.
Por ello la importancia del partido como instancia para fomentar la cooperación entre los actores y evitar que la fractura debilite las expectativas electorales del partido que gobierna Jalisco. Luego de una década, MC se hizo mayorcito. Y el viejo discurso contra los partidos ahora le juega en contra.
Enrique Toussaint