Política

El odio -también en el deporte- como signo de nuestros tiempos

Nunca he creído en esa noción simplista que separa al deporte de la política. Es ceguera intelectual, pero también miopía fáctica. El deporte y la política siempre han sido dos caras de la misma moneda. Estados Unidos boicoteó los Juegos Olímpicos de la URSS en 1980 y los soviéticos le regresaron el órdago en 1984. Cuba siempre quiso sustentar su modelo político-económico en el éxito de sus atletas. No se puede entender el ascenso de China sin su competitividad deportiva. Una potencia no puede perder; ése siempre ha sido el discurso del poder y el nacionalismo.

Así, podemos dar miles de ejemplos. Decía David Beckham en el pódcast del psicólogo organizacional Adam Grant que Inglaterra y Argentina son rivales más que históricos, políticos. Thatcher, la junta militar, las Malvinas. O qué decir de un México-Estados Unidos en futbol, en donde parece que en 90 minutos se juega la venganza por el robo de Texas o la conquista de California, Arizona o Nuevo México. O la medalla de oro en hockey sobre hielo –en los pasados Juegos Invernales de Milano-Cortina– donde Canadá perdió más que el honor en su deporte nacional frente a los gringos que celebraron el triunfo sobre el hielo (la medalla de oro) en la mismísima Casa Blanca, brindando con Trump. Deporte y política son inseparables, lo digo para quienes ilusamente piensen que el enfrentamiento entre dos equipos en una cancha puede estar desprovista de carga simbólica y política.

De esta manera, como cualquier actividad social, el deporte es espejo de sus tiempos. Atestigüé con estupefacción el partido entre España y Egipto que se jugó el pasado 31 de marzo. En un momento del partido, la afición española –en un alarde de nacionalismo hispánico– comenzó a cantar: “musulmán el que no bote”. Es decir, es musulmán quien no salte. Un cántico que se suele utilizar para señalar al enemigo, en este caso no deportivo, sino religioso. Recuerdo en mi infancia, el mismo cántico cuando en el Estadio Jalisco, los aficionados de Chivas coreábamos: “Americanista o águila en el que no salte”. No faltaba el creativo que prefería decirles pollitos o aguiluchas. No tenía una connotación de guerra, pero sí de antipatía. Tal vez no de odio, pero sí de ardua rivalidad.

Durante su historia, el deporte ha servido como espacio de unión o parafraseando a Clausewitz, incluso a Foucault, como política por otros medios. Recuerdo la foto de los iraníes y los americanos luego de las guerras pérsicas. O la unión de los equipos neoyorquinos de beisbol luego de los atentados del 11 de septiembre. No obstante, los episodios de concordia son muy minoritarios si los comparamos con la polarización y el odio que invade la competencia deportiva. Criticar a un rival deportivo por su religión es un acto de odio político. Es racista y se erige como portavoz de los discursos de superioridad racial que –lamentablemente– enarbolan algunos políticos desde Washington, Roma, Madrid o Londres. Los Trump, Meloni o Farage. O Santiago Abascal.

El fondo del asunto no es un cántico en un estadio. Eso es sólo el síntoma de una enfermedad más profunda. El ascenso del nacional populismo en el mundo no sólo ha supuesto un deterioro de la calidad de nuestras instituciones y de la democracia. También han supuesto la normalización permanente de los discursos de odio. Me llamaba la atención que aquellos que ofendían con el islamismo de sus contrincantes, eran jóvenes y muy jóvenes (algunos parecían menores de 20 años). Los discursos de odio están conquistando a las juventudes desde tempranas edades. Frente a la incertidumbre, el caos y la inestabilidad, los jóvenes comienzan a abrazar ideologías ultras que hacen del odio su única propuesta política. Por eso los jóvenes están mostrando más actitudes machistas, xenófobas u homófobas. La extrema derecha en el mundo está logrando que el orgullo nacional se afiance rechazando al otro distinto.

Estamos a semanas del Mundial de futbol. Un mundial que tendrá como corolario a Donald Trump y a Gianni Infantino –que se mueve alegre entre los ultras de todo el mundo– entregando la copa al ganador. Trump sabe de la relevancia del mundial para sus fines políticos. Entendió la relevancia de vencer a Canadá en hockey, lo que eso supone para su discurso de engrandecimiento nacional. El trumpismo aspira a consolidar lo que ya es: un movimiento político que trasciende fronteras. Aspira a que la debilidad de los demócratas mundiales se apelliden Macron, Starmer o Carney, se evapore frente al ascenso de movimientos a su imagen y semejanza en cada rincón del planeta. El odio al otro es el espejo político que hoy gana adeptos con más velocidad en el mundo. Y el deporte es otra puesta en escena. Es la política por otros medios.


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Enrique Toussaint
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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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