Política

¿Cómo explicar el ridículo de la presidenta con el Plan B?

La narrativa oficial no se cansa de recordarnos que Claudia Sheinbaum es la presidenta más popular de la historia contemporánea del país. Esta misma semana, Consulta Mitofsky publicaba una encuesta donde señalaba que Sheinbaum es más popular, a esta altura del sexenio, que López Obrador, Peña Nieto, Calderón Hinojosa y Fox Quezada. Según los encuestadores, México vive enamorado de su presidenta.

A pesar de ello, el capital social de la presidenta, que tanto nos recuerdan los encuestadores, parece no embonar con su capital político. Su aparente fuerza demoscópica parece correr en sentido opuesto a su inoperancia política y legislativa. Guliano Da Empoli diría que vivimos en el tiempo de los depredadores, de los hombres fuertes y del realismo político. Del poder desnudo y sin tapujos. Sin embargo, en México, habitamos el tiempo de la impotencia política presidencial. Sheinbaum no pudo aprobar una reforma electoral hace menos de un mes, a pesar de contar con la mayoría legislativa más holgada desde 1991. Y la razón no tiene nada que ver con la oposición del PAN o del PRI, sino por el órdago de sus aliados: el Verde (PVEM) y el Partido del Trabajo (PT).

El fracaso de la reforma electoral devino en el llamado Plan B. Una miscelánea inconexa que va desde la regulación de los cabildos hasta la limitación de los sueldos de los consejeros del INE. Todo ese revoltijo regulatorio con la coartada de la sacrosanta austeridad: reducir lo que cuesta el Gobierno. Bueno, sacando la cuenta correctamente sale más caro “el caldo que las albóndigas”. Quieren reducir regidores a una horquilla de entre 7 y 15 por municipio, sin querer entender que mil municipios en el país (40%) tienen menos de siete regidores. Puras ocurrencias. O que congresos como el de Jalisco ni siquiera llegan al 0.7% del tope presupuestal que plantea el Power Point de la Presidenta. Es decir, un planteamiento sin eje conductor ni urgencia alguna, pero con una pequeña cerecita en lo alto: la revocación de mandato. Una revocación coincidente con las elecciones intermedias que ya es cosa del pasado. No habrá en 2027 y eso es una buena noticia para el país. Sheinbaum debería jugarse su capital político en el T-MEC, en el combate a los cárteles o en el crecimiento de la economía…y no en venciditas con el PT.

A pesar de la enanez de la apuesta legislativa, la presidenta ha sido incapaz de pasar por la aduana del PT. En el Plan A, fueron el Verde y el PT los que hicieron naufragar la reforma impulsada desde la Presidencia; en el Plan B es el PT quien se cierra en banda. Su dinosáurico líder, Alberto Anaya, hasta parece un demócrata convencido cuando le pide a la presidenta no alterar la contienda de 2027 con su inclusión en la boleta electoral. Esos maoístas que hace unos años se solidarizaban con el camarada Kim Jung Un, de Corea del Norte, hoy son los que marcan la agenda de la Presidenta. Hoy son los que separan lo posible de lo imposible en el Congreso. La impotencia de Sheinbaum frente a los chantajes del PVEM y ahora del PT es espejo de su baja estatura política. Es incapaz de operar políticamente nada relevante, pero voy más allá: no cuenta con ningún operador confiable que responda más a los intereses presidenciales que a los del rancho chiapaneco. Su activo más efectivo es un policía. 

Decía el socialista Felipe González que en política se podía hacer todo menos el ridículo. Pues Sheinbaum está haciendo el ridículo. En los últimos meses ha devaluado la investidura presidencial a gestora de migajas. No quiso perder la batalla por la reforma electoral, pero a cambio elevó al centro de la discusión política a un partido que no es más que una rémora de Morena. Y me pregunto, el ridículo: ¿para qué? ¿Hay algún objetivo valioso ulterior que valga la degradación?

No lo encuentro. Le doy vueltas y pienso que es la revocación (batalla ya perdida por la Presidenta). El control de las candidaturas. Adueñarse de Morena. Sin embargo, cada paso que da la presidenta parece contradecir sus objetivos políticos. Y el ridículo bien estaría justificado si detrás hubiera una gran apuesta reformadora en materia de seguridad, economía o corrupción. Son batallas que valen. No obstante, este ridículo es de a gratis; lo chusco es por una reforma miniatura que no pide nadie. Que no es ni prioridad para la coalición gobernante, ni para el tan enunciado “pueblo”, ni siquiera para nuestra relación con Estados Unidos.

Lo único que revela es la incapacidad política presidencial. Su falta de liderazgo y su carencia de visión de país. Prefirió encumbrar a sus rémoras antes de echarse un paso atrás y reconocer que una reformita así no valía tamaño ridículo. En poco tiempo, Sheinbaum se ha encargado de desmontar toda la parafernalia de la presidenta eficaz, científica y dialogante. Seguirán cacareando que el pueblo mexicano está enamorado de ella, pero los hechos cada vez contradicen más esa narrativa grandilocuente.


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Enrique Toussaint
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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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