Política

Crónica de un reencuentro

Enrique Toussaint Crónica de un reencuentro
Enrique Toussaint Crónica de un reencuentro

La sociedad de la transparencia, escribe Byung-Chul Han, lo invade todo. Queremos saberlo todo de todos. No sólo estoy hablando del Gobierno, sino también de los que nos rodean. Pasamos horas al día pegados al celular viendo qué hacen otros. Cómo transparentan su vida, nos enseñan sus rutinas diarias y nos narran cada paso que dan. En la sociedad de la transparencia se diluye la línea entre lo público, lo privado y hasta lo íntimo.

El Gobierno está obligado a rendir cuentas, pero la política requiere de su espacio de solitud. Requiere de opacidad. Requiere de negociar en lo oscurito. Sé que estas ideas son políticamente incorrectas, pero son verdades. La política no puede ser un “big brother” permanente. Es necesario sentarse, decir verdades que son inasumibles públicamente; ceder y defender; acordar y hasta pactar las simulaciones. La democracia tiene mucho de teatralidad, pero eso es mejor que el autoritarismo en donde el poder desnudo se impone sin consideración. La democracia tiene sus ritos y algunos de ellos no son una oda a la transparencia.

La cumbre para definir las nuevas relaciones entre los gobiernos -estatal y federal- y la Universidad de Guadalajara se desarrolló bajo mucha prudencia. Quitando alguna filtración, las tres partes de la negociación priorizaron arribar a esta primera reunión sin presiones ni declaraciones estridentes en los medios de comunicación. Incluso, Adán Augusto López -ejerciendo de presidente en funciones por la enfermedad de López Obrador- terminó la mañanera y se trasladó a Guadalajara. Señales de la relevancia del encuentro.

Las posiciones de arranque parecen claras. El secretario de Gobernación avisó a Andrés Manuel López Obrador del encuentro, días antes de que se contagiara de coronavirus. El presidente dio luz verde a la reunión. La partida de Raúl Padilla también quitó el candado de la comunicación con Palacio Nacional. Para el Gobierno Federal, la línea roja es una: que no nazca un nuevo cacique. El propio Ricardo Villanueva -rector- se encargó de restarle peso hasta hipótesis al declarar en los medios que nunca se pondría los zapatos de Raúl Padilla: “me vería como un payaso, todos nos veríamos así”. Ni los equilibrios políticos internos de la Universidad ni el contexto contemporáneo permiten la emergencia de un nuevo cacicazgo.

Otra cosa es que el Gobierno Federal esté dispuesto a entrar a un debate sobre pesos y centavos con la Universidad. No obstante, detrás de estos debates sobre la normalización de las relaciones entre Palacio Nacional y la UdeG sobrevuelan las sombras de las investigaciones judiciales contra algunas personas vinculadas al grupo político universitario. Pesquisas que son más que un secreto a voces desde que López Obrador asumió el cargo en 2018. La zanahoria y el garrote, el manual de la negociación.

De parte del Gobierno del Estado, Enrique Alfaro no ha escondido su posición: que la Universidad recupere su esencia educativa y se olvide de otros menesteres. Para decirlo en buen castellano, dejar de usar a la UdeG para obtener poder en el Congreso, los órganos autónomos o el Poder Judicial. Fuentes cercanas a la negociación reconocen que el rector está abierto a desactivar políticamente a la casa de estudios. Eliminar la relación orgánica con Hagamos -el partido político de la UdeG- y cerrar la puerta a participar en las negociaciones por los distintos órganos del Estado. Es decir, el sanedrín universitario seguiría al frente de las decisiones de la casa de estudios, pero sin peso en la política fuera de los muros de la UdeG.

El rector Villanueva llegó a la mesa de negociación con una línea roja: la autonomía de la Universidad. El futuro de la UdeG se define en casa. Villanueva dejó en claro que el grupo político al que hoy representa por azares del destino no permitirá vulneración a este principio. Tanto Adán Augusto como Alfaro asumieron que esa cancha le toca jugarla al rector. Lo que sí se lleva Villanueva de la reunión -aceptado por ambos gobiernos- es un respaldo para tomar las decisiones necesarias para despolitizar a la UdeG. Y es que para que la Universidad transite hacia mayor apertura y democracia, primero debe de dejar de entenderse como una instancia de negociación partidista.

La reunión del pasado lunes se cocinó desde el día de la muerte de Raúl Padilla. Ese mismo día conversaron Villanueva y Alfaro. Después, hace exactamente una semana, se volvieron a sentar para cerrar los detalles para el encuentro con el titular de Gobernación. Hay quien erróneamente cree que Adán Augusto vino a “moderar”. Un error de análisis. Adán Augusto vino porque es parte interesada. Sin el apoyo del Gobierno Federal, es imposible la normalización de las relaciones institucionales. El acuerdo tiene que ser a tres bandas.

Los tiempos son claros. El acuerdo debe quedar encaminado en los próximos cuatro o cinco meses. La negociación del presupuesto 2024 es la fecha fatal. Gobiernos y Universidad saben que es la coyuntura correcta para normalizar las relaciones institucionales. Creo que la negociación llegará a buen puerto, pero hay temas duros que entrarán en el intercambio: recursos, presupuesto constitucional, Centro Cultural Universitario, Hagamos, Hospital Civil. Una clave final: no debe haber vencedores y vencidos. Un acuerdo así debe beneficiar, única y exclusivamente, a la sociedad jalisciense.


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