Toma el vaso lleno con brandy, cocacola y tehuacán, mediado. Lo coloca sobre su cabeza y entrecierra los ojos. Es un niño enruquecido o un ruco aniñado. Aprieta los puños y gira sobre sí mismo, aprieta los dientes. En la consola Stromberg-Carlson, José Alfredo: Yo no entiendo esas cosas/ de las clases sociales./ Solo sé que me quieres/ y te quiero yo. Sentados, con vaso en mano, Ñandú, Berrendo, Nicho y don Chiva el taxista, están atentos al partido de futbol dominguero en la pantalla:
—Ai la tienes, burla, pásala-pásala: no la calientes, chuta, chuta… Ah, tan pen… La entretuvo mucho…
—Miren a don Pollito, anda hasta arribotota… ¿Dónde anda, don Pollis?
—Chichis… chichis —musita don Pollito con los brazos en alto, sosteniendo el vaso sobre su cabeza
—Pásame tu vaso, cuñao, tómatelo antes que sepa a vidrio —atiende don Ñandú a sus invitados. Bajo el tejabán, la mesa con la botella y los refrescos; una cacerola con hielos, las ficha del dominó. El calor arrecia, aunque en la calle sopla airecito frío.
—¿Dónde anda, Pollis? —insiste don Chiva.
Don Pollito aprieta más los dientes, el cuerpo todo, como si contuviera las ganas de ir a la pipí. A José Alfredo, en el tocadiscos, lo suple Aniceto Molina: La cumbia sampuesana,/ pa' que baile con ganas…
Don Pollito anda en el Barba Azul, por el rumbo de La Merced. Con media estocada (ah, esas cervezas mientras el patrón llegaba con la paga) abandonó el hotel que el lunes terminará de pintar; atravesó Anillo de Circunvalación y llegó hasta Santa Escuela, ya en el Cuadrante de la Soledad.
Entró a la cantina, pagó dos cubas, salió y regresó con Elda, que estaba en la calle frente al local de los tacos de cabeza de res cocida al vapor, siempre atestado: cargadores, choferes, cobradores, diableros, padrotes, macuarros pidiendo tres de lengua, cinco de sesos, otro tanto de cachete ¡con harta salsa, cilantro y cebollita, plis!
—Sírveme otros cuatro de ojo, para verte mejor, paisa, y dos de surtida…
Del enorme molcajete de piedra toma salsa y baña los tacos.
—No le ponga tanta, don Pollito, que luego el de atrás paga: es chile de árbol, pica al entrar y repica al salir…
—Chichis… chichis —musita don Pollito, come y paga.
En el Barba Azul, Elda bebió su trago mientras don Cheque le acariciaba la mano y prometía:
—Te voy a poner casa aparte, indita mía…
—India tu abuela —reviró Elda—. Soy güera natural, ¿a poco piensas que me pinto el pelo, chaparrito?
—Chichis… chichis —pide don Pollito.
—Ponle billete y tus deseos son órdenes, chaparrito.
Don Pollito echa mano al bolsillo y extrae un manojo de billetes arrugados. Los estira, cuenta, entrega:
—¿Con esto alcanza?
Elda estira la mano, cuenta, dobla, guarda los billetes. Baja el escote y exhibe sus juveniles senos. El cantinero la observa y ella le guiña un ojo. Elda ajusta de nueva cuenta el brasier.
—Chichis —musita don Pollito. Pide la cuenta, se levanta y sale. Elda deja la propina y vuelve a la calle.
Don Pollito se sienta en una banca del abandonado jardín. A un costado de la iglesia de La Soledad los camiones engullen más y más pasajeros que se arremolinan, tiran codazos, desbordan el cupo, trepan a la canastilla, viajan colgados, es sábado y ya quieren llegar a casa…
Por fin se anima y aborda ahora que la fila de pasajeros disminuyó. Apaña un asiento y se arrellana. Calzada Zaragoza es una enorme fila de vehículos que apenas se mueve. El camión atestado hierve con el sol de media tarde y la modorra se vuelve pesado sueño del que don Pollito vuelve justo frente a la parroquia del Señor de Las Maravillas.
—Bajan —pide y se abre paso a codazos—. En la vinatería paga un litro de ron, una coca familiar, dos tehuacanes, cacahuates enchilados y un six de cerveza oscura. Hace esfuerzos por mantener la vertical, pero la banqueta se le mueve y la domestica haciendo eses, hace que jala la rienda.
—No me interceptsss, no me interceptsss —repela cuando alguien lo toma del brazo. Es el Champion, quien lo encamina hasta casa de don Ñandú:
—Teshas una y tevasss, mi Champion, una y ya… Chichis… ¿Va?
El Champion toca a la puerta y se va. “Ai pal'otra, don. Pal'otra nos ponemos hasta'trás”.
Ñandú abre la puerta y Pollito le entrega la bolsa: “Tenga, para mañana vemos el partido”. Pásele, invita su vecino. “Así está bien, ya vengo como quería: mañana me la cura”. Ya sabe, esta es su casa.
Abre la puerta del zaguán de madera y la Coronela —su perra— sale a su encuentro seguida por los seis cachorros chirgos, de la reciente camada. Destapa un bote y comienza a desnudarse. Pierde el quilibrio y así se tiende sobre la cama, con los pantalones a medio quitar.
Despierta con el sol encima y bebe la cerveza tibia. De la tina abandonada a medio patio llena una cubeta con agua y ahí mismo se baña. Levanta la herramienta desperdigada y con el agua sobrante riega una azucena, la Maravilla amarilla, los esquejes de geranio blanco y rosa…
Abre una lata de frijoles y la cucharea. “Ahhh”, saborea la cerveza y arroja el bote vacío hacia el montón que yace en una esquina del patio. El espejo estrellado que cuelga a la entrada de la cocina le devuelve la imagen de su rostro hinchado, con la barba crecida. Empinado sobre la cubeta lava la cara. Coge el rastrillo pendiente de un clavo e intenta rasurarse. Destapa una lata más.
—¿Dónde anda, don Pollito? —pregunta don Ñandú y le flanquea la puerta. Don Chiquito lo abraza—. Pásele, ya viene con media estocada y nosotros que no quisimos empezar sin usted: tiene que descorchar el pomo, ¡si no qué chiste!
—Chichis —musita don Pollito.
Los demás atienden al televisior. ¿Cuántos hielitos?, pregunta don Chiva. Dos, y unas gotitas de limón, ¿quién va ganando? El sol tuesta el concreto del patio. Cielito, ¿traes otros hielos por favor? Ya está tu cuba, anuncia Ñandú. Doña Cielo aparece con una cacerola y el tascal con las tortillas: abran espacio y echen taco, indica. Nada de proteínas, dice don Pollito. Cómale o se le pudre el hígado, dice Cielito: por eso no crece, nomás chupa y chupa.
—Chichis —bisbisea don Pollito, con el vaso en la cabeza.
—Brincos diera —ataja Cielito, bebe y ríe—. Perdido-perdido no está, Pollito.
* Escritor. Cronista de Neza