Sociedad

Se acabó la boruca

¿A qué quieres que salga, amiguita? Si salimos, no faltara vecina que una tope y ni modo de no saludarla, ni quedarse aunque sea media hora al chismeo, que cosa sana es. Se entera una de acontecimientos que suceden, como ahora que supe cómo fue que Vicentillo dejó a su madre sumida en la congoja eterna y sin su solidario mozo que entregaba los pedidos de quesadillas y sopes a domicilio, las noches de viernes, sábado y domingo, que era cuando ella sacaba el anafre, la mesa para batir la masa y tortear los antojitos. Todo porque la motocicleta en que Vicentillo y Germán volvían de un entrego derrapó y los chamacos allá fueron a dar contra la guarnición.

Desnucados, quedaron tendidos sobre el asfalto esos muchachitos que a nadie nunca hicieron mal alguno. Con todo y que el sepelio fue muy concurrido, con música de banda y misa de cuerpo presente y procesión desde la iglesia hasta el camposanto, ¿quién desea para sí un evento así? La pobre de Marika, su mamá, quedó para siempre deshecha y los vecinos fuimos privados de los pambazos bañados en salsa de guajiro y rellenos con papas y chilacas. De esas muertes me enteré al volver por el camino que va hasta el panteón, llevando en cada mano las correas de dos perros que cómo se jalonean, los muy inquietos. Desde entonces Marika no sale a la venta los fines de semana y a veces la sacan sus hijas al solecito, sentada en una silla se la pasa como ida, envuelta en su rebozo y con sus pantuflas de peluche, siempre como friolenta, entelerida, como sin ánimo de nada la pobrecita. Me daba un pesar, que a querer o no me detenía, amarraba mis animalitos a un poste y me iba a abrazarla, a darle un poquito de consuelo, pero apenas si levantaba la vista, me apretaba con las suyas las manos y perdía otra vez la mirada hasta quién sabe dónde. Nada existe que termine con el pesar de quien pierde a un hijo: joven, estudioso, con mucho camino por delante, y partir así, de modo tan doloroso: embarrado en el asfalto y con los sesos de fuera, dios santísimo: el horror que acabó la boruca de los fines de semana en el puesto de las quesadillas; mientras esperábamos nuestro pedido relajeábamos alrededor del anafre de Marika, quien torteaba la masa y echaba al comal quecas, sopes, taquitos dorados, hasta memelas si las pedían. De por sí en la colonia cada quien se encierra en lo suyo, por eso los fines de semana con Marika y su mesita y su foco alumbrando a la clientela y su radio con música ranchera, rompían la rutina y alegraban la noche, hasta que la masa se terminaba y sus hijas iban levantando las cazuelas con los distintos guisados sobrantes: papas cocidas y fritas con chilacas y rodajas de cebolla; flor de calabaza, champiñones al vapor con quesillo y maíz tierno desgranado, chicharrón prensado en guajillo, picadillo de res, sesos con chile serrano picado y su pizca de epazote… Me siento a un ladito de Marika y le cuento de las peleas de mis perros contra otros más perros, o de quiénes anunciaron su boda con la estrella y la herradora de flores en casa de cada quien, pero Marika de borucas nada quiere saber más, perdida su mirada hasta bien lejísimos-lejísimos. 


* Escritor. Cronista de Neza

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Emiliano Pérez Cruz
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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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