Esta mañana, miles (por no decir millones) de niñas y niños en México están celebrando el tan esperado Día del Niño. Corren, gritan, ríen y juegan… comen dulces impunemente. Por la tarde, les espera una ‘madrina’ monumental. Algo dirán, algo no dirán; algo harán o dejarán de hacer que provocará la ira de algún adulto: su madre, su padre, un tío, un abuelo, cualquiera. La niña o el niño quedará a su merced, a expensas de la brutalidad de su fuerza física y de su frustración con la vida.
Así es como los estamos preparando para el futuro. Como “sabios” maestros que somos, les enseñamos que el pez más grande tiene derecho a ejercer violencia sobre el más chico. Es el mismo paradigma que nos hace sentir superiores a los animales y nos otorga el derecho de disponer incluso de su vida. Una vez adquirida esa conciencia, les pediremos que —cuando sean como nosotros— arreglen el desmadrito de sociedad que les estamos dejando, y que a su vez a nosotros nos heredaron.
Las estadísticas (por demás conservadoras) nos dicen que 6 de cada 10 niños en México sufren o han sufrido violencia (UNICEF, 2025). Los adultos la justificamos llamándola “disciplina”, aun cuando somos incapaces de disciplinarnos a nosotros mismos. Madres, padres y demás familiares —quienes por ley deberíamos proteger a los niños de todo abuso— somos, en muchos casos, los principales agresores.
Hace unos meses, en la Central del Norte de la Ciudad de México, vi a una madre jaloneando a su hija como si estuviera poseída (la madre). “¿Así la trataban a usted cuando era niña?”, le pregunté. “¡Sí!”, respondió. Nada más que preguntar.
Admitámoslo: realmente no nos interesa el bienestar ni el desarrollo integral de los niños; los trajimos a este mundo para embrutecerlos frente a una tableta. No importa el daño irreversible, con tal de que nos dejen en paz. No nos interesa su opinión, ni en la casa, ni en la escuela, ni en la comunidad. Las reglas las ponemos los adultos. Y si alguna vez establecimos en la Ley que “tienen derecho a ejercer sus capacidades de opinión, análisis crítico y a presentar propuestas en todos los ámbitos en los que viven…”, fue solo para simular que no somos una sociedad que vulnera sus derechos. En la misma situación está el derecho al descanso y al juego, también reconocido en el marco legal. Somos nosotros quienes decidimos cuándo y cómo se descansa y se juega.
A los niños se les violenta en casa y también en la escuela. Mi maestra de segundo grado, en la Escuela Primaria Vicente Guerrero, nos llamaba “¡mustios!”. Paradójicamente, a sus sesenta y tantos, la única marchita en el aula era ella. Aunque más disimulado, esto sigue pasando. ¿No se supone que la “Nueva Escuela Mexicana” busca desarrollar el pensamiento crítico en niñas y niños? ¿Por qué, entonces, la necesidad de callarlos y humillarlos?
Urge una política pública nacional que proteja a los niños de todos sus agresores. Con excepción del esfuerzo que realiza el Sistema DIF en los estados, hasta ahora el interés superior de la niñez en materia de políticas públicas ha sido, en gran medida, un discurso. Los escasos —y muy deteriorados— espacios públicos destinados al juego son prueba contundente de ello.
Los niños no votan… pero sí podemos inculcarles la ideología del partido a través de los libros de texto, para que voten por nosotros cuando cumplan dieciocho. Eso parece más importante que garantizar que no mueran, ya sea de hambre o a causa de un traumatismo craneoencefálico.
Ojalá que a todos los violentadores de niños en verdad se les “colgase al cuello una piedra de molino de asno y se les hundiese en lo profundo del mar” (Mateo 18:6).
Secundo las palabras que, el 22 de julio de 1914, se dictaron de forma anónima desde el Teatro Argentino de La Plata: “Pero el niño —un niño cualquiera de los que están en la platea o de los que deambulan ahora mismo por los ámbitos del mundo— está todavía más cerca de la humanidad misma, de la humanidad por definición, del Adán ideal, que el mejor de nosotros, el más sapiente de los mortales (…) Dentro de su debilidad, de su sometimiento, de su condición de extranjero recién desembarcado; dentro de la tiranía moral y física que le circunda y le vigila, lucha valerosamente —con el valor de la inconsciencia— contra todo lo impuro, lo injusto y falso que, hora por hora, minuto por minuto, le imponen sus abuelos, sus padres, sus hermanos, sus tutores, sus amos, sus maestros…”