Desde la única ventana que se abre al fondo de la combi, he sido testigo del crecimiento desordenado que ha experimentado la ciudad de Pachuca. Cuando niño, dibujaba combis y jugaba a conducir una de esas viejas Volkswagen de las rutas Palmar-IMSS y Palmar Centro. Siempre he sido fan del transporte público. Nada como dejarle a otro la responsabilidad de llegar con vida a destino y dedicarte a pensar, o dormir, si es necesario. Leer un buen libro, observar las casas al pasar e imaginar las historias que se viven dentro de ellas, guiñarle el ojo a los transeúntes… todas esas son actividades sumamente satisfactorias que no pueden llevarse a cabo cuando se tiene la responsabilidad del volante. Si el transporte se accidenta (no de muerte, claro está), me bajo, sigo caminando y la vida no se detiene.
Por el contrario, tener un auto es un martirio sin fin. Sin hablar del mantenimiento y los impuestos por pagar, hay que tener mucha cabeza fría para jugarse la vida todos los días entre conductores que sabe Dios por qué tienen licencia. Luego, encuentra estacionamiento, ¡si puedes! En cualquier momento te dan un cristalazo o te roban el carro completo. Un pequeño rozón y ya perdiste el día entero esperando al seguro. Un movimiento en falso y ya te quitaron la placa. Y lo peor: el automóvil vuelve perezoso al ser humano. Hemos dejado de caminar. Ya no podemos ni ir a la esquina si no es sobre cuatro ruedas. La necesidad de otorgarnos valor a través del precio de mercado de un auto ha saturado nuestras calles, de manera que ahora son intransitables. Podrán tacharnos de gordos, pero no de pobres.
Salgo a pasear a mi perro y me compadezco de todos aquellos que están atorados en el tráfico. Así todo destartalado como se ve, en hora pico, el Tuzobús avanza más rápido que cualquier auto último modelo. ¿Hay necesidad de sufrir todo esto? No la habría si tuviéramos un transporte público digno, que mínimamente respetara la Ley, desde lo más simple. Por ejemplo, el artículo 152 de la Ley de Movilidad y Transporte para el Estado de Hidalgo establece como obligación de los conductores: “atender con cortesía a los usuarios del servicio, así como a peatones y a los demás conductores en la vía pública”. Si así fuera, pagaríamos gustosos un incremento en la tarifa. Mas a diario vemos cómo las rutas compiten por el pasaje en una especie de juego del hambre que, en varias ocasiones, ya ha cobrado con vidas humanas. Vemos cómo exceden los límites de velocidad impunemente, cómo los conductores van viendo películas y series mientras comen, cobran, ligan e intentan manejar; cómo le mientan la madre hasta a los propios usuarios; cómo hacen del paso peatonal su paradero; cómo retacan las unidades de pasajeros violando el reglamento de tránsito… “¡No traes puercos!”, gritan las señoras, arriesgándose a que las madreen. No hay autoridad que les ponga freno. Ante este panorama, la única “salida” es seguir atascando nuestras calles de vehículos, hasta que ya nadie las pueda usar.
Ya lo decía mi pariente Hipólito Ruiz Villareal: vivimos entre “gentes que viven sin otra regla que sus pasiones”, y esto aplica tanto para conductores del transporte público como del particular, y también para quienes administran en Palacio de Gobierno. “El gobierno de un pueblo”, escribió don Hipólito a finales del siglo XVIII en Enfermedades Políticas —refiriéndose a la capital de la Nueva España—, “debe ser como una orquesta de música, en que es necesario que los instrumentos que la componen guarden armonía entre sí y respecto al todo, pues cualquier disonancia, por mínima que sea, echa a perder el concierto, convirtiendo en destemplanza todo lo que debía ser recreación del oído (…) no es de extrañar que no se encuentren más que disonancias por falta de arreglo en el todo”. Puede que el gobierno de Menchaca tenga cierta armonía en algunos temas, pero urge arreglar la disonancia que impera desde hace varios años en el transporte público, porque está echando a perder todo el concierto del bienestar.