Policía

Joana Esmeralda

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Ella aparece en el video de la fiesta de su hija. Una cámara familiar la descubre con un rostro que irradia parsimonia. Es una luz tenue entre las otras luces y sombras de la velada. Entonces aparece ÉL. ÉL se pone delante de ella: quiere borrarla de la imagen, que no quede registro de su presencia. Que no quede memoria de su parsimonia.

El feminicida confiesa entonces su crimen atroz ante agentes del ministerio público que lo interrogan. Relata lo que hizo con una jactancia terrible, ya no esencialmente humana. Si hay una confesión plena, ¿el caso está cerrado? No. No lo está.

Por azares de la resistencia y la rebeldía, en esta fiscalía hay una activista feminista y defensora de derechos humanos que quiere hacer las cosas de otro modo. Recién llegada, ordena al personal a su cargo que se avoque a buscar a Joana Esmeralda: A buscar sus restos esparcidos por ÉL en el río de los Remedios con el fin de borrarla otra vez. Otra vez. Esta misión tiene como fin reconstituir su presencia.

La cámara de Miguel Tovar lleva tiempo inmersa en esa peculiar fiscalía. Ya es una compañera más de policías, agentes y peritos de un búnker que va sufriendo también una lenta transformación física: donde antes solo había paredes grises, de repente asoman flores, sí, literalmente jarrones, ramos y dibujos de flores en medio del trabajo cotidiano con la muerte.

Al igual que buena parte de quienes habitan este viejo pero nuevo espacio policial, esa cámara detectivesca de Tovar asume el punto de vista de Sayuri Herrera, nombre de la inesperada fiscal que tiene ahora la responsabilidad de investigar los feminicidios de la Ciudad de México: Diez por día en promedio.

Esa cámara, acompañada por la sensible dirección de Paula Mónaco Felipe, documenta una escena que puede resultar dantesca —porque dantesca puede ser la realidad mexicana—, pero que busca devolver dignidad a Joana Esmeralda y a sus hijas y a sus hermanas y a su mamá. “La injusticia contra una se siente como una injusticia contra todas”, explica Sayuri a su equipo.

Todos en la fiscalía buscan a Joana Esmeralda. En la edición precisa de Pedro G. García, una imagen tras otra, un testimonio tras otro, dan cuenta de la determinación con la que los funcionarios buscan a una mujer a la que su feminicida buscaba desaparecer, además de asesinar.

Esto es cierto: en este país en el que la Presidenta regatea por cálculo político la crisis de desapariciones, hay un puñado de servidores públicos anónimos buscando con auténtica convicción a Joana Esmeralda hasta las últimas consecuencias. No simulan ni administran esta tragedia.

¿Cómo hizo Sayuri Herrera para que una perspectiva menos inercial e indiferente se instalara por un momento dentro de una más de las piezas de la insensible maquinaria del Estado que por sistema es fría e indolente?

La búsqueda, hallazgo e identificación plena de sus restos hace que una restitución digna de Joana Esmeralda termine siendo una realidad, otra realidad. La brigada que logra la encomienda posa para una foto grupal devastadora que deja registro interno de la excepción: la de la justicia posible como resultado de convicciones personales y colectivas en medio de cinismo y desazón sistémicos.

Un cenotafio audiovisual de Joana Esmeralda es proyectado ahora en el bosque de Chapultepec frente a su familia. La imagen resiste: ELLA se queda con su parsimonia en nuestra memoria.


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Diego Enrique Osorno
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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