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Buscar amaneceres en Culiacán III

Serie de bosquejos "Altar para Javier Valdez" / Parte III

El cronista en Altar. Especial
El cronista en Altar. Especial

La mañana del 10 de marzo de 2022 nos conectamos con John Gibler para una entrevista pandémica sobre Javier Valdez. El proyecto avanzaba entre archivos, recuerdos y conversaciones a través de pantallas remotas. Me presento con mi amigo periodista y escritor mexicano nacido en Texas, amigo a su vez de mi amigo Javier Valdez.

Gracias por tu testimonio, viejo. La idea es contar la historia de Javier en cuatro bloques. Uno es el crimen que sufrió; otro es sobre el periodista: ¿qué tipo de periodista era Javier?, ¿cuál era su historia periodística?, ¿por qué se volvió tan querido y respetado en Sinaloa, así relevante a nivel nacional e internacional? Después hay un tercer acto más personal: ¿qué tipo de ser humano era?, ¿qué música le gustaba?, ¿le latía la poesía?, ¿cómo era la relación con los suyos? Y al final es el credo de Javier. Eso lo vamos a construir con muchas charlas y conferencias que dio.

Esta no es una entrevista, ya lo sabes. Es una invitación al viaje, a que tú hagas el relato. Nosotros escuchamos.

***

Para empezar, Diego, te tengo que reclamar que me pides una entrevista así a las 11 de la mañana y sería exagerado hacer ahora esta entrevista con un mezcal, como debe de ser o, siendo más fiel a Javier, con una Tecate light. Pero vamos a tener que iniciar con café y este reclamo cortés que te hago.

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Oí el nombre de Javier Valdez la primera vez contigo en una cantina en la Ciudad de México en el 2008. Me acuerdo que tú y yo habíamos ido a Michoacán y a La Marquesa, y a otros lugares a cubrir hechos de lo que sería y se llamaría de forma muy, creo que distorsionada, la guerra contra el narcotráfico.

En esos primeros años del calderonismo y de una guerra disfrazada como embestida del Estado contra organizaciones del crimen organizado, estábamos en una cantina todos muy asombrados, muy sacados de onda, muy desconcertados con las cosas que estaban pasando.

Me acuerdo que tú y otros compas periodistas empezaron a lamentarse: ‘güey, ¿cómo vamos a cubrir esto? Esto va a ser demasiado grande, no es solamente un desmadre de narco’. Muchos medios internacionales veían lo que pasaba solo como folclor del crimen organizado en México.

Y en ese asombro, ustedes empezaron a hablar sobre contactos que tenían, fuentes, porque nacieron y crecieron en diferentes estados de la república y conocían gente que, de alguna manera, tenían acceso a información de manera directa sobre ese mundo, desde sembradores hasta personas involucradas en diferentes maneras.

Pero ustedes estaban, güey, es que yo conozco a un fulano tal, que un sutano tal y estaban buscando maneras de hacer un trabajo de reporteo serio y bien hecho, con información para enfrentar ese asombro que estábamos empezando a sentir.

Yo los escuchaba y pensé, ‘güey, ¿qué hago yo?’, porque yo llevo dos años acá, yo no tengo contactos de ninguna fuente y no quiero ser vampiro, no quiero ser saqueador periodístico, que nada más voy a chupar a mis fuentes y luego publicarlo en otro idioma, en otro país y aparecer como el chingón. En ese momento yo estaba diciendo: ‘güey, neta ¿qué hago?, ¿qué hago?’.

Y apareció algo muy obvio, de repente, mirándolos a ustedes dije ‘bueno, la historia para mí son los reporteros mexicanos y cómo se van a organizar y cómo van a trabajar para enfrentar este mundo, para enfrentar esta guerra que todavía no entendíamos para nada’.

Recuerdo que en algún momento les pregunté: ‘oigan, ¿ustedes conocen a alguien en algún estado de la república, un reportero honesto, serio, hombre o mujer, que esté haciendo un trabajo que valga mucho la pena y que podría ir a buscarlo para hacer un perfil de cómo lo está haciendo?

Hubo un golpe de silencio y tú y otros dos periodistas que estaban ahí respondieron: Javier Valdez. En ese momento de duda, de cómo reportear sobre esta guerra, les pregunté a ustedes, mis colegas y mis amigos reporteros mexicanos, a quién consideraban ejemplo de hacer este trabajo, de hacer este esfuerzo con dignidad, y los tres ahí presentes dijeron Javier Valdez.

Así empezó todo. Pedí contacto, le escribí un correo. Por azares de la vida tardé dos años en llegar a Culiacán, porque tuve que juntar fondos para financiar mi viaje. Llegué en 2010, ya habiéndome escrito un par de veces con él, por correo electrónico. Pude conocer esa vez a Javier como reportero. En términos periodísticos, él iba a ser un sujeto, entre comillas, un personaje, no solamente una fuente.

Me presenté, me llevó a Los Arcos, un bar-restaurante a donde siempre iba y lo querían mucho, en el centro de Culiacán. Pedí permiso de entrevistarlo dándole a conocer mi intención de hacer perfiles de reporteros, no solamente pidiéndoles que me contaran historias que ellos ya conocían o que me dieran consejos -aunque eso también le iba a pedir a él-, pero le pregunté directo si Javier estaba de acuerdo en ser un personaje, en que hiciera un perfil sobre él.

Me dijo, bueno, en principio sí, pero quiero que también hables con Ismael Bojórquez, porque yo también quería escribir de Ríodoce. Pero en esa primera entrevista le pregunté a Javier cosas que me parecieron importantes. Claves de lo que para mí es su filosofía de periodismo y también de una dinámica que en ese momento se hablaba poco. Pregunté: ‘oye, ¿qué impresión tienes de personas como yo, reporteros que venimos de afuera, de otros países, de otros lugares?’. Él me miró con una sonrisa, sorprendido, diciendo qué interesante que me preguntas eso, porque pienso que son unos vampiros, unos saqueadores. Esos fueron sus términos.

Y empezó a hablar del tema de que los periodistas que iban a Sinaloa y les chupaban las historias, chupaban los datos, chupaban los contactos y se iban, y después nunca preguntaban cómo estábamos, cómo estaban sus hijos, qué era de sus vidas. ‘Solo nos ponen en riesgo’, dijo.

Me contó varias historias. Las peores eran de corresponsales que de Ciudad de México, que hacían cosas arriesgadas y él decía, ‘ellos se van y nosotros nos quedamos aquí’.

Me dijo una cosa que me golpeó mucho años después porque dijo textual: ‘Mira, yo cumplo con la ley, publico notas con mi nombre y apellido, mi coche está debidamente registrado, o sea, alguien toma una foto de mi placa, va a la municipalidad y encuentra mi domicilio y al otro día yo salgo a llevar a mis hijos a la escuela y me están esperando con una pistola. Yo, por cumplir con la ley y vivir en una sociedad donde la impunidad es lo que reina, corro mucho riesgo. Y cuando vienen de otros lugares, de otros países, de otras ciudades, no toman eso en cuenta y me ponen en riesgo y ellos se van. Ese es el tipo de situación que enfrentamos para hacer periodismo aquí’.

***

John guarda silencio. No dice nada del otro lado de la pantalla. Nosotros también nos quedamos callados en medio de una videollamada pandémica que queda suspendida unos segundos, como si acabara de ocurrir aquella entrevista entre John y Javier en Los Arcos. Años después la colega Miroslava Breach sería asesinada afuera de su casa, justo cuando sacaba el coche para llevar a su hijo a la escuela. Y al tiempo asesinarían también a Javier a unos metros de Ríodoce. John no está recordando una entrevista en esta entrevista. Está recordando la advertencia que hacía Javier.


(CONTINUARÁ…)



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Diego Enrique Osorno
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