Cultura

La deshonra del padre

En Honrarás a tu padre, el megaclásico de Gay Talese en el que aborda de manera muy exhaustiva la historia de la familia Bonanno, una de las principales de la mafia estadunidense a mediados del siglo pasado, hay un pasaje relativo al hijo del jefe del clan Joseph Bonnano, Bill, donde cuenta Talese que su lectura de biografías de grandes estadistas y generales le había enseñado “que la línea entre lo correcto e incorrecto, lo moral e inmoral, era a menudo delgada, y el veredicto final lo escribían los triunfadores”. Cuando recibe su entrenamiento militar “memoriza el código militar de Estados Unidos, que en principio no era tan distinto del de la mafia, con su énfasis en el honor, la obediencia y el silencio si se era capturado”. Y narra igualmente Talese que en la mafia había varios veteranos condecorados de la Segunda Guerra Mundial, y que en la natal Sicilia de los Bonnano muchos mafiosos habían colaborado con los estadunidenses en la lucha antifascista.

Es decir, que la línea entre poder legítimo y poder de la mafia parecería haber sido por momentos más de grado, perspectiva y legitimidad que una diferencia fundamental entre uno y otro. Y el ejemplo de la colaboración de la mafia en la Segunda Guerra Mundial parecería indicar que bajo ciertas circunstancias la mafia le resultaría útil y aceptable como aliada a una potencia que se arropa bajo el discurso democrático (incluso si sus prácticas políticas reales no necesariamente siguen siempre lo implícito en dicho discurso).

Este pasaje resulta muy interesante e instructivo respecto a la actual realidad política de Estados Unidos y, por consiguiente, del mundo, pues justamente estamos viviendo de manera bastante literal el ejercicio del poder a partir de principios bastante similares a los que tradicionalmente ha puesto en práctica la mafia. La política a partir de la amenaza, el despliegue de violencia que respalda a dichas amenazas, el derecho de piso (expresado en barriles de petróleo) y la extorsión, así como la brutalidad policiaca que tampoco considera deba apegarse a ninguna norma para expulsar y violentar a quienes no pertenecen por sangre a una fantaseada (y ya a estas alturas completamente inexistente) gran familia estadunidense. E incluso en su reciente entrevista con The New York Times, Trump declaró abiertamente que no necesita del derecho internacional y que los únicos límites a su poder son “su propia moralidad y su mente”. Tal cual como Vito Corleone recibiendo en su despacho a los suplicantes y sopesando en su alma la situación de cada uno antes de impartir su implacable y definitivo veredicto.

Se trata de una especie de dramática reversión, pues si anteriormente la frontera entre crimen y poder legítimo podía resultar en ciertas circunstancias difusa, el ropaje y el discurso eran inequívocamente apegados a la legalidad, la democracia, etcétera. En cambio ahora no existe por parte de la principal potencia mundial ni siquiera la intención de apegarse a lo que en muchos sentidos era una pantomima de su propia creación, y asistimos al espectáculo del poder crudo y al desnudo, respaldado únicamente por la fuerza militar y por la ambición narcisista y expansionista de un líder que representa de manera inmejorable los principios esenciales sobre los que realmente ha sido siempre construida su nación.

Pues es importante recordar que a diferencia de los jefes de la mafia cuyo poder se hereda a partir de lazos sanguíneos, Trump llegó a la presidencia en dos ocasiones por la vía de las urnas, y en particular en la segunda, cuando ganó de manera aplastante, ninguno de sus votantes podría no saber exactamente qué era aquello que estaba eligiendo.


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Eduardo Rabasa
  • Eduardo Rabasa
  • osmodiarlampio@gmail.com
  • Escritor, traductor y editor, es el director fundador de la editorial Sexto Piso, autor de la novela La suma de los ceros. Publica todos los martes su columna Intersticios.
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