Política

Lo que está detrás de la Groenlandia de Trump

Alfredo San Juan
Alfredo San Juan

Probablemente ni siquiera Trump tiene claro hasta dónde quiere llegar en su intención de convertir a Groenlandia en la estrella 51 de la bandera estadunidense. Pero el tema se está convirtiendo rápidamente en la trinchera donde el mundo puede estarse jugando la posibilidad de poner un freno a sus delirios de grandeza. Los campos de batalla decisivos suelen ser así, circunstanciales, insospechados.

Europa parece decidida, por fin, a plantar cara al buleador. Hasta ahora había cedido en materia de tarifas comerciales, renunció a la fiscalización de las empresas digitales estadunidenses o la agenda de protección ambiental a la que se había comprometido, con tal de apaciguar al belicoso presidente. Asumió, como tantos otros, que la mejor estrategia era ceder ante sus exigencias, esperando que esos triunfos le llevaran a mirar a otro lado. Obviamente se equivocó. Primero, porque en ese proceso Europa comenzó a ser irrelevante en términos geopolíticos: se marginó de los conflictos en sus fronteras como el de Gaza, los bombardeos a Irán, el secuestro de Nicolás Maduro, el hundimiento arbitrario de lanchas en aguas internacionales e incluso de las conversaciones de paz en Ucrania. Pero se equivocó, sobre todo, porque el supuesto apaciguamiento de Trump no sucedió. Ahora les quiere quitar Groenlandia.

Por el momento, la Unión Europea se ha armado de valor y ha anunciado que no habrá de ceder, por ningún motivo. Y para demostrarlo cerraron filas y organizaron operaciones y ejercicios militares en las costas de la enorme isla, regida aun por Dinamarca (bajo un estatuto de autonomía relativa). Es un argumento astuto: el pretexto de Trump para controlar Groenlandia es que se trata de una porción que eventualmente puede ser tomada por Rusia o China, lo cual la convierte en una amenaza para Estados Unidos. Ocuparla sería, entonces, un tema de seguridad nacional. Con el despliegue de fuerzas en la zona, Europa intenta desmontar ese argumento, asegurando a Washington que ellos mismos garantizan su defensa. Un argumento que no sirvió de mucho, pues Trump amenazó con tarifas de 10 por ciento, escalable a 25 por ciento, a las mercancías de las naciones europeas que participen en esa movilización. Lo dicho, la seguridad de Groenlandia era un mero pretexto.

En las últimas horas, Europa ha dicho que no habrá de doblarse frente a la amenaza de las tarifas, que se mantendrán unidos y que no se dividirán en negociaciones individuales como lo hicieron hace unos meses. Habrá que ver si lo cumplen, pero incluso así, Trump puede salirse con la suya o al menos en parte.

Podrá ser un megalómano desquiciado, pero tonto no es. Escogió Groenlandia con la misma puntería con la que puso el ojo en Nicolás Maduro, un mediocre dictador, al cual cuesta trabajo defender a pesar de la infame intervención. Ahora Trump quiere hacerse de la tierra verde ártica con el mismo y arbitrario pretexto con el que se quedaron con ella primero Noruega hace 300 años y luego Dinamarca.

El trasfondo no es inocente, por más que en este momento la disputa por Groenlandia se nos presenta como una confrontación entre el abuso y el derecho, entre la barbarie y la dignidad. Y, en efecto, parecería que en este escenario nos estamos jugando la posibilidad de impedir que se imponga en el mundo la ley del más fuerte.

Pero tampoco podemos ser inocentes. Trump extrae la conclusión equivocada y a su conveniencia, pero algunos de sus argumentos no carecen de razón. En términos geográficos la isla en realidad pertenece al continente americano, una extensión del archipiélago en el que se diluye Canadá. Históricamente es parte del territorio donde se extendió el pueblo Inuit, que va de las costas de Alaska hasta Groenlandia, producto de una emigración asiática que se introdujo por el estrecho de Berlín hace miles de años. Los inuits groenlandeses comparten idioma, costumbres y maneras de ganarse la vida con sus equivalentes en Canadá; sus poblados se alinean en la costa oeste, justo de cara al continente americano, no al europeo; 90 por ciento de la población, de poco menos de 60 mil personas, es inuit. La capital de la isla, Nuuk, se encuentra a 3 mil 550 kilómetros de Copenhague, el asiento de los poderes que hoy defiende el derecho y la justicia en contra de las pretensiones de un poder imperial. Por impopulares, descabelladas e inaceptables que sean las pretensiones de Trump, en el fondo se trata de una disputa entre la imposición de un poder imperial del pasado, contra un intento de imposición de un poder imperial del presente.

Pero no deberíamos ser aguafiestas. Bienvenida sea Europa si puede ponerle límites a la locura de este narcisismo convertido en políticas agresivas y unilaterales contra el resto del mundo. Sin embargo, no perder de vista que la verdadera justicia, en este caso, consistiría en permitir que los descendientes de los pobladores originales, y todavía mayoritarios, tengan la posibilidad de definir su propio destino.

Y tampoco sobre eso podemos ser ingenuos. Durante su primer mandato circuló una foto de Trump con unos inuits de Alaska, en plena celebración por el acuerdo de construir un gasoducto en medio de sus tierras y en contra de la posición de activistas ecológicos. Los pobladores originales prefirieron la indemnización. Una foto que seguramente también recuerda Trump cuando afirma que Estados Unidos puede comprar Groenlandia. Bastaría negociar un referéndum para que la gente decida por sí misma, y un banal y trumpiano ofrecimiento de 100 mil o 150 mil dólares por habitante (una ganga de 6 mil millones en el primer caso o 9 mil millones en el segundo), para convencer a muchos, probablemente a la mayoría. Y no se descarta que, en un momento dado, Trump doble las manos de los europeos ofreciendo apoyar a Ucrania. En esencia, Ucrania a cambio de Groenlandia.

Más allá de Groenlandia, preocupan las decisiones que vaya a tomar el presidente en los próximos meses. Recordemos que en las elecciones de noviembre puede perder la mayoría con la que hoy cuenta en alguna de las dos cámaras o incluso en ambas. Eso impondrá severos límites a su gobierno en la segunda mitad del periodo. Fiel a lo que ha hecho toda su vida, asume que los golpes mediáticos pueden ser la vía para conjurar tal riego y conseguir los votos que necesita. Trump está urgido de dar “campanadas” estruendosas y presumir trofeos a su base social: petróleo venezolano para Estados Unidos, un nuevo y extenso territorio en el ártico. Me temo que por allí vienen sus recientes menciones a la posibilidad de asestar golpes directos a narcos mexicanos. Los próximos ocho meses serán decisivos.


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Jorge Zepeda Patterson
  • Jorge Zepeda Patterson
  • Escritor y Periodista, Columnista en Milenio Diario todos los martes y jueves con "Pensándolo bien" / Autor de Amos de Mexico, Los Corruptores, Milena, Muerte Contrarreloj
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