Como parte de su proyecto de arqueología del saber, Foucault proponía abordar los documentos y registros de una época desde un punto de vista hermenéutico, para procurar comprender qué nos dicen de la misma, más allá de la organización o narrativa formales con que la época se describa a sí misma. Lo anterior me vino a la mente a lo largo de un reciente proceso de búsqueda de un departamento en alquiler en algún edificio, en específico a partir del concepto de “cuarto de servicio”, como comúnmente se enlista dentro de las características del inmueble.
Si comenzamos por el punto de vista semántico, para la RAE las dos primeras acepciones de “servicio” son “Acción y efecto de servir” y “Conjunto de criados o sirvientes”. Un poco más abajo se encuentra “servicio doméstico”, que nos remite a “Persona o conjunto de personas que realiza las faenas domésticas de una casa” o “Trabajo que desempeña el servicio doméstico”. Entonces, al tratarse de un trabajo, debería como cualquier otro estar regulado por un horario fijo, seguridad social y demás prestaciones de ley, lo cual sabemos que de manera apabullante no es en este país en absoluto el caso. Y en ello no desempeña un papel menor el hecho de que las mujeres que mayoritariamente desempeñan dicha labor deban vivir en el mentado cuarto de servicio, ya sea que éste se encuentre dentro de la casa en donde laboran, o en la azotea de los edificios, como suele ocurrir en el caso de departamentos. Ello porque al no tratarse de un empleo que se desempeña como muchos otros en un horario fijo, de alguna manera suele asumirse que las labores se encuentran a la disposición horaria que determinen las necesidades de los empleadores. En ese sentido, el hecho de que el cuarto se denomine “de servicio” es congruente con el hecho de que en pleno siglo XXI continúa siendo una institución mucho más de servidumbre que regulada por algún tipo de marco laboral.
Y la arquitectura es igualmente consistente con lo anterior, pues en todos los casos es constatable que tanto la construcción, como las puertas, como los acabados son intencionalmente de menor calidad que las del inmueble que habitan los patrones, por no mencionar siquiera el tamaño del que suele constar. Si bien en ello sin duda hay intención de ahorrar en gastos de construcción, lo cual de nuevo ya es un comentario en sí mismo sobre el tema, es también claro que se trata de marcar una diferencia de estatus en cuanto a los distintos espacios que corresponde habitar. El baño comunal a la zona de cuartos de servicio revela también una deliberada distinción en asuntos como la elección del escusado, lavabo, regadera y cortina de baño (cuando la hay) que, de nuevo, no sería lógico adscribir a un mero asunto de costos, sino que conlleva una fuerte carga simbólica.
Es por supuesto tan sólo uno de muchos ejemplos sobre cómo por más que la narrativa de la época sea democrática, igualitaria, equitativa, incluyente y demás, las prácticas y usos cotidianos, incluidos desde luego los giros del lenguaje, hablan con mayor contundencia sobre las estructuras reales sobre las que se cimientan las sociedades contemporáneas.
Aunque por suerte, cada temporada navideña podemos ver en redes sociales las publicaciones de gente famosa que presume que ellos sí les pagan su aguinaldo a las trabajadoras domésticas, con lo cual se aprovecha la ocasión de derivar lo que no es más que el cumplimiento de un derecho hacia el terreno de la exaltación pública de la propia bondad y aguda conciencia social.
Eduardo Rabasa