Las maravillosas novelas de Dostoievski a menudo tratan sobre personajes marginales que por momentos incomodan por su patetismo, que como el hombre del subsuelo rumian sin cesar sobre su condición, planean venganzas imaginarias, se empeñan en mostrar su valía frente a funcionarios u otros miembros de la sociedad que los consideran insignificantes. Sucede un poco lo mismo en las tortuosas relaciones amorosas de novelas breves como Noches blancas o La sumisa. O por ejemplo en El jugador, desciende por los infiernos de la adicción que le cuesta a su protagonista la posibilidad del amor, todo por volverlo a arriesgar (y perder) todo en una última tirada de la ruleta.
Así sucede en El doble con una escena en apariencia intrascendente en la que al protagonista y antihéroe, Yákov Petróvich Goliadkin, le niegan la entrada a una comida de buena sociedad en casa de Olsufi Ivánovich, a donde los criados de este le informan que su señor ha prohibido que lo dejen pasar. Aunque no está sucediendo nada extraordinario, Dostoievski logra crear una gran tensión, que como lectores nos vincula con la humillación de Goliadkin, quien a su vez la hace peor insistiendo, al grado de que casi dan ganas de rogarle que por favor se marche de ahí y acabe con su humillación, y con el suplicio que produce su lectura.
Pero luego Dostoievski hace algo muy particular, pues al momento de describir la comida nos advierte hasta en cuatro ocasiones que no cuenta con las capacidades para describirla haciéndole justicia: “¡Oh, si fuera poeta! Entiéndase, claro está, como Homero o Pushkin, porque sería vano propósito intentarlo con menos talento” (…) “Pero confieso —lo confieso sin ambages— que no tengo bastante talento para describir lo excelso del momento…” (…) “¡Ay! ¿Por qué no poseo el secreto de un estilo vigoroso y altisonante, de un estilo solemne capaz de reproducir esos momentos tan bellos como edificantes de la vida humana que parecen existir como prueba de que la virtud triunfa a veces del vicio, la envidia, la incredulidad y la mala intención” (…) “Huelga decir que mi pluma es demasiado torpe, roma e imprecisa para describir como Dios manda el baile improvisado con inusitada amabilidad por nuestro venerado anfitrión”. Y lo curioso es que pese a sus propias advertencias, sí lo describe ahí mismo, como si más bien quisiera establecer una distancia irónica con el festejo pomposo y la consideración que se tienen quienes a él asisten. Y el golpe genial lo da después cuando dice: “¡Oh, lector!, no basta mi pluma, y por eso me callo. Más vale que volvamos al señor Goliadkin, verdadero héroe de nuestra veraz historia”.
Para proceder a describir cómo Goliadkin se queda oculto a espiar la fiesta en el descansillo de la escalera, agazapado, podríamos pensar que como hace el propio Dostoievski al narrarnos de manera tan sutil, matizada, tensa y detallada justamente la existencia de los Goliadkins del mundo, o incluso de un criminal tan complejo y encantador como resulta Raskólnikov en Crimen y castigo. A mi parecer, en este pasaje de El doble es como si Dostoievski introdujera una pequeña declaración de principios sobre la materia prima y los personajes que pueblan su escritura, como si nos dijera en clave de sorna que él no tiene los recursos para describir las fiestas y discurrires de la alta sociedad, y que mejor aplicará sus talentos (por él mismo irónicamente denostados), en contarnos las fascinantes y retorcidas vidas de los personajes que pueblan sus submundos. Indudablemente tan únicos y singulares como para merecer el adjetivo inconfundible de dostoievskianos.