Cultura

Dostoievski y lo tóxico

Ahora que lo viral juega un papel tan importante, tanto en términos reales como emocionales y psicológicos, parecería en ocasiones que los términos que se ponen de moda, o se vuelven virales, designarían realidades específicas a las sociedades donde se viralizaron. Es decir, las nuestras. Es un poco lo que sucede con las relaciones tóxicas, término que se ha puesto de moda y que parecería casi en ocasiones utilizarse de manera deseable, o al menos como un código de pertenencia al que al menos alguna vez hay que declarar estar suscritos.

Por eso la lectura de la extraordinaria novela breve de Dostoievski La sumisa (Galaxia Gutenberg), parecería darnos una cátedra de 150 años de antigüedad sobre lo que llevan siendo desde siempre lo que hoy se denominaría bajo el concepto de relaciones tóxicas. Que como nos demuestra un auscultador del alma humana tan agudo y preciso como Dostoievski, cuando realmente se producen no tienen nada de presumible, pues literalmente desgarran la existencia, como le sucede a los protagonistas de esta pequeña obra maestra.

Desde el mero comienzo el narrador, de quien sabremos es un prestamista de 41 años que se casa con una joven de 16 que vive con sus tías y enfrenta grandes apuros económicos, nos cuenta que la joven ha muerto. Con lo que la novela se convierte en una suerte de defensa o de confesión. O de ambas y de ninguna. Y como el gran narrador que es Dostoievski, al comenzar con el acontecimiento estremecedor invierte el mecanismo del suspenso y elimina la tensión del desenlace. A cambio de lo cual la deposita prácticamente en cada página, pues como lectores ansiamos armar en retroceso el rompecabezas de acontecimientos que llevaron ahí.

La lucha en la que se convierte el matrimonio es profundamente desigual, pues el narrador cuenta con las ventajas propias de su género, edad y condición económica. Aun así, la chica se defiende con sutileza como mejor puede, golpeando en el frágil ego del prestamista (“¿Es verdad que le echaron del regimiento porque tuvo miedo de batirse en duelo?”, “¿Era cierto que luego anduvo vagando por San Petersburgo, pidiendo limosna y durmiendo en un billar?”), a lo que este, con una psique que prefigura a la del hombre del subsuelo, alterna entre el desprecio condescendiente y la humillación de sí mismo. Y lo que es genial de la relación tortuosa narrada por Dostoievski, que parecería anteceder absolutamente a la utilización del término “tóxico” aplicado a una relación, es que el propio narrador reconoce que es un asunto que comienza un poco de la nada, o porque sí, y que cobra vida propia más allá de la relación de pareja, como una criatura monstruosa que después ya no pudieran controlar: “¿Quién de nosotros empezó? Ninguno de los dos. La cosa empezó por sí misma, desde el primer momento”.

El desenlace trágico contado por anticipado de La sumisa sitúa inequívocamente al narrador en el papel de villano, por lo que la novela se lee como una confesión en cámara lenta del descenso a un abismo personal al que termina arrastrando a la chica joven que tiene el infortunio de cruzarse en su camino. Y como buen vínculo tóxico, ni siquiera una vez disuelto por la muerte podrá el prestamista liberarse del mismo, y antes es posible imaginarlo en una segunda parte, rumiando sin cesar por echar de menos a su amada: “Dicen que el sol vivifica el universo. El sol sale, mírenlo, ¿no es acaso un cadáver? Todo está muerto, en todas partes se ven cadáveres. No hay más que gente, y en torno a ella, silencio (…) Son las dos de la madrugada. Sus zapatitos están junto a la cama, como si la esperaran. En serio, cuando mañana se la lleven, ¿qué va a ser de mí?” 


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Eduardo Rabasa
  • Eduardo Rabasa
  • osmodiarlampio@gmail.com
  • Escritor, traductor y editor, es el director fundador de la editorial Sexto Piso, autor de la novela La suma de los ceros. Publica todos los martes su columna Intersticios.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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