Hay una evidencia que la conciencia suele esquivar con una pericia casi patológica: la vida es demasiado corta, no porque termine pronto, sino porque se gasta antes de ser vivida.
No es la muerte la que acorta la existencia, sino la postergación.
El tiempo no nos mata; nos erosiona lentamente cada vez que decidimos no hacer, no decir, no sentir.
La omisión, esa forma elegante del miedo, consume más que cualquier error manifiesto.
No hacer algo no es permanecer intacto. Es, por el contrario, una forma activa de desgaste.
La inacción no es neutra: es un acto ontológico negativo que se filtra en la subjetividad como resentimiento, como rumiación, como una pregunta sin verbo. Aquello que no se hizo no desaparece; se instala.
Se vuelve espectro. Y los espectros, como bien sabemos, no descansan: insisten. Nos acompañan en silencio, reclamando la vida que no se les concedió.
Vivimos creyendo que la vida es una secuencia de elecciones claras, cuando en realidad es una serie de renuncias mal comprendidas.
Todo lo que acontece, incluso lo que parece fracaso, pérdida o desvío, no es sino una culminación necesaria.
No en el sentido ingenuo de que todo pasa por algo, fórmula vacía y tranquilizadora, sino en el sentido más áspero y verdadero: todo pasa hasta algo.
Cada acontecimiento es un umbral, no un destino. Una preparación. Una torsión de la biografía que nos empuja, a veces violentamente, hacia un lugar que aún no sabemos nombrar.
Por eso las puertas se cierran. Una tras otra. No como castigo, sino como corrección. Insistimos en tocar puertas que no nos corresponden, que prometen estabilidad, reconocimiento o seguridad, pero no verdad.
Y la vida, que no es moral, pero sí precisa, las clausura. No porque no seamos suficientes, sino porque no eran necesarias.
Cada puerta cerrada es una pedagogía del límite: nos enseña que no todo lo posible es lo vivible y que no todo lo deseable es lo propio.
Hay una urgencia que no es ansiedad, sino lucidez. Urge vivir y sentir, no como imperativo hedonista, sino como responsabilidad ontológica. Sentir es una forma de conocimiento.
Crear es una forma de resistencia. Decir es una forma de existencia.
Callar lo esencial, aplazar lo verdadero, censurar lo que quiere nacer en nosotros, es una forma lenta de suicidio simbólico.
No hay neutralidad en el silencio cuando lo que se calla es constitutivo de lo que somos.
Decir implica riesgo. Crear implica exposición. Afirmar una verdad, aunque sea provisoria, implica perder la comodidad del refugio.
Y sin embargo, el no es tan vital como el sí. El no que delimita, que protege, que impide la traición a uno mismo.
El no que se opone al mandato ajeno, a la expectativa heredada, al guion que nunca fue escrito por nosotros. Temerle al no es quedar atrapado en una vida por delegación.
La existencia auténtica no se mide por la duración, sino por la intensidad significativa de los actos.
Vivir no es sobrevivir con elegancia; es comprometerse con aquello que nos pone en juego.
Y ese compromiso no admite garantías. No hay contrato con el sentido. Solo hay decisión.
Quizás el mayor error contemporáneo no sea equivocarse, sino aplazar indefinidamente el acto de vivir bajo la ilusión de un momento ideal que nunca llega.
La vida no espera a que estemos listos. La vida ocurre.
Y quien no entra en ella con todo el cuerpo y toda la palabra termina observándola desde afuera, como un espectador erudito de su propia ausencia.
Porque al final, y esto no es consuelo, sino constatación, no nos duele tanto lo que hicimos mal, como aquello que nunca nos atrevimos a hacer.
Y la vida, breve y radical, no nos pide perfección: nos exige presencia.