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El deseo de la prueba

Hay una verdad que solo se me revela cuando dejo de narrarme y comienzo a exponerme. 

Mi carácter no habita en la declaración de principios ni en la autodescripción complaciente, sino en la situación que me exige una toma de posición. 

No soy lo que digo ser, sino aquello que se afirma cuando la realidad me convoca a responder.

Durante mucho tiempo pensé que las situaciones eran obstáculos, interrupciones del trayecto cómodo de la vida. Sin embargo, llegó un punto en el que ocurrió una inversión silenciosa. 

La situación dejó de ser amenaza y se convirtió en escenario. Ya no algo que padezco, sino algo que espero. Incluso algo que deseo. 

Porque solo ahí, en ese espacio donde no es posible fingir, se vuelve visible el núcleo de mi carácter.

La situación no me añade ni me quita valor. Lo revela. Funciona como una verificación ontológica. 

Frente a ella, mi identidad deja de ser un relato privado y se transforma en un acto, aunque nadie esté mirando. 

Es en ese instante donde me confirmo o me contradigo a mí mismo. No hay dramatismo en ello, solo una claridad radical.

Con el tiempo, aprendí a disfrutar esa claridad. No como quien busca el conflicto por vanidad, sino como quien comprende que su autopercepción necesita contraste. 

La tranquilidad absoluta embota el juicio que tengo sobre mí. Sin fricción, mi yo se vuelve una imagen estática, cómoda, pero imprecisa. 

La situación, en cambio, me obliga a actualizar constantemente el concepto que tengo de mí mismo.

Desear la prueba no es una pulsión autodestructiva, es una forma de afirmación. Implica reconocer que mi carácter no es un objeto terminado, sino una práctica. 

Cada situación se vuelve entonces un espacio de reafirmación. 

No para demostrar algo a otros, sino para sostener ante mí mismo la coherencia entre lo que pienso, lo que valoro y lo que hago.

Hay una satisfacción particular en ese reconocimiento íntimo. Una forma de goce sobrio. No eufórico, sino firme. El goce de saberme capaz de comparecer cuando la realidad deja de ser abstracta. 

De constatar que mi propia imagen no se desmorona ante la exigencia. Que mi autopercepción no era una ficción generosa, sino una estructura capaz de sostenerse.

Así, las situaciones dejan de ser episodios fortuitos y se integran como momentos necesarios. 

No porque construyan mi carácter desde fuera, sino porque permiten que este se manifieste. En ellas, no me invento, me confirmo. 

Y en esa confirmación hay algo profundamente vital.

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Eduardo Emmanuel Ramosclamont Cázares
  • Eduardo Emmanuel Ramosclamont Cázares
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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