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Más allá de la evidencia

Por años, el llamado salto de fe ha sido leído de manera apresurada como una capitulación de la razón ante lo irracional. 

Sin embargo, una lectura filosóficamente más rigurosa y menos tributaria de interpretaciones teológicas revela que en Søren Kierkegaard este salto no designa una huida del pensamiento, sino una intensificación radical de la subjetividad frente a los límites de la racionalidad objetiva.

El salto de fe puede entenderse, en un registro no religioso, como el acto mediante el cual el individuo asume una decisión que no puede ser garantizada por ningún sistema de justificación universal. 

No se trata de creer a pesar de la razón, sino de decidir cuando la razón ha agotado su capacidad de ofrecer certezas. 

Allí donde el cálculo, la evidencia empírica y la mediación conceptual ya no alcanzan, emerge la exigencia de una toma de posición existencial.

Kierkegaard diagnostica con precisión una patología del pensamiento moderno: la ilusión de que toda elección significativa puede ser absorbida por un marco explicativo total. 

Contra esta pretensión sistemática, el salto de fe señala un resto irreductible: la singularidad del sujeto que elige sin garantías. 

Este salto no es un vacío irracional, sino una transición cualitativa entre dos modos de existencia, de la vida guiada por la reflexión infinita a la vida asumida como riesgo.

Desde esta perspectiva, el salto de fe se aproxima más a una teoría de la decisión radical que a una doctrina de la creencia. 

Es el momento en que el individuo reconoce que ninguna mediación externa, ni normas, ni tradiciones, ni consensos, puede sustituir el peso de la elección propia. 

La fe, despojada de su carga religiosa, nombra aquí la confianza performativa en una decisión que se valida únicamente en el acto de ser vivida.

En un mundo contemporáneo obsesionado con la optimización, la previsibilidad y la gestión del riesgo, el salto kierkegaardiano conserva una vigencia inquietante. 

Nos recuerda que las decisiones más determinantes, amar, comprometerse, afirmar un proyecto vital, no pueden reducirse a algoritmos ni a garantías objetivas. 

Exigen, inevitablemente, un salto, no hacia lo sobrenatural, sino hacia la propia responsabilidad.

Así entendido, el salto de fe no es una negación de la razón, sino su punto de quiebre productivo: el instante en que pensar ya no basta y vivir se convierte, de manera ineludible, en una apuesta.

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Eduardo Emmanuel Ramosclamont Cázares
  • Eduardo Emmanuel Ramosclamont Cázares
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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