Hace semanas escribí aquí que una guerra con Irán no sería breve ni barata y que su verdadero costo no estaría en el primer bombardeo, sino en el desgaste acumulado y la pérdida gradual de control. Los acontecimientos recientes parecen confirmar esa hipótesis. Estados Unidos demostró capacidad de destrucción, pero no capacidad de imponer un nuevo orden, y en geopolítica esa diferencia suele marcar la distancia entre una victoria táctica y una derrota estratégica.
Además, a veces ganar no significa imponer condiciones, sino evitar la derrota. Bajo esa lógica, Irán tiene razones para presentar la tregua alcanzada con Washington como un triunfo relativo. El memorando de entendimiento de 14 puntos, con 60 días sin operaciones militares, reapertura del estrecho de Ormuz y una nueva mesa de negociación, no resuelve el conflicto, pero sí deja algo central: el gobierno sobrevivió, su liderazgo sigue intacto y su capacidad de negociación permanece viva.
Más aún, el acuerdo incluye compromisos relevantes de Washington: liberación de activos iraníes congelados, exenciones para exportaciones petroleras, alivio gradual de sanciones e incluso un eventual programa de reconstrucción estimado en 300 mil millones de dólares. Más que concesiones menores, son señales de que Teherán llegó a la mesa con capacidad de intercambio y salió con margen político y económico para fortalecerse.
El caso de Ormuz es especialmente revelador. Durante décadas fue un punto neurálgico del comercio global cuya seguridad se asumía como asunto internacional. Hoy, al quedar su reapertura vinculada a un acuerdo con Irán, el estrecho adquiere de facto un nuevo significado: Teherán no sólo conserva capacidad de bloquearlo, sino que ahora ve reconocida su centralidad para garantizar su operación.
Los mercados entendieron rápido el mensaje. Tras el shock inicial, el petróleo corrigió y el Brent volvió a ubicarse por debajo de 80 dólares por barril, mientras el WTI rondó 74. La reapertura de Ormuz ayudó a reducir la prima de riesgo geopolítico y alivió temores inmediatos sobre suministro. Eso permitió moderar expectativas inflacionarias y estabilizar, al menos parcialmente, las perspectivas de crecimiento global.
Pero el efecto más profundo no es el económico coyuntural, sino el político estructural. Este episodio fortalece la percepción de un mundo donde Estados Unidos sigue siendo la principal potencia, pero enfrenta crecientes dificultades para convertir fuerza militar en resultados políticos perdurables. China observa, Rusia capitaliza y buena parte del sur global toma nota de que el margen de maniobra de Washington es cada vez más estrecho.
Alfa positivo. La Cámara Suizo Mexicana de Comercio e Industria anunció una inversión de mil 240 millones de dólares en México en sectores como el alimentario, químico y de manufactura, fortaleciendo las cadenas de suministro.