Tres horas frente a la pantalla de la computadora, con los ojos puestos en la cámara, sin hacer gestos ni mirar siquiera el teclado. De tan aburrida la tarea, alguno llegó incluso a cabecear.
Les dijeron que simularan atención para que el sistema no detectara lo que en realidad ocurría: otra persona, en su lugar, respondía las preguntas de un examen de admisión ajeno.
Se trata de la versión actualizada del impostor. Año tras año, cuando las pruebas eran presenciales, la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) supo lidiar con los profesionales que intentaban suplantar la identidad de los aspirantes con identificaciones falsas, entre otras triquiñuelas.
Hace décadas que sobrevive una industria dedicada a patear la puerta de acceso a la universidad. La parte más jugosa del negocio se la llevan, obviamente, los expertos del engaño. Saben que los padres están dispuestos a hacer prácticamente cualquier cosa con tal de que su descendencia tenga mejor suerte profesional.
En un país de oportunidades tan escasas, ningún sacrificio parece suficiente con tal de que una hija o un hijo porten un día la bata blanca del médico, la corbata gris del abogado o se sienten detrás del restirador del arquitecto.
La ética se encoge entre la posibilidad de una vida económica incierta y otra que podría abrir el horizonte laboral. Parafraseando a Albert Camus: “entre mi hijo y la justicia, elijo a mi hijo”. No se trataría tanto de educar en la trampa como de escapar de ella.
Este dilema no es nuevo para la UNAM; por eso la autoridad universitaria logró reducir al mínimo las ventanas para el fraude en los exámenes presenciales de ingreso. Así fue hasta que ese tipo de prueba se volvió obsoleto.
El timo de la mirada fija en la pantalla no fue el único que se detectó. Se inscribieron al examen decenas de falsos aspirantes cuya misión era fotografiar las preguntas para luego, a toda velocidad, repartir las respuestas entre sus clientes.
Hay evidencia de sujetos que, burlando las reglas, capturaron imágenes con su celular: un grupo tomó las primeras diez preguntas; otro, las siguientes diez, y así hasta hacerse del cuestionario completo. Cada vez que detectó esta práctica, tal como estaba previsto, el sistema cerró la plataforma. Pero los mañosos ya se habían apoderado de la prueba que, una vez respondida, distribuyeron entre los clientes que habían pagado por el servicio.
Aunque todavía no puede descartarse, por ahora no hay evidencia de que la plataforma haya sido vulnerada ni de que los cuestionarios se filtraran antes de que los aspirantes comenzaran el ejercicio.
Las auditorías técnicas encargadas por la UNAM terminarán por implicar —o por deslindar— a Territorium Life, la empresa que diseñó la plataforma del examen en línea. Como dijo el abogado general de la UNAM, Hugo Concha Cantú, a estas alturas la autoridad universitaria no puede acusar ni exculpar a la compañía; conviene esperar a que concluya el trabajo forense antes de asignar responsabilidades.
Sin embargo —afirma el mismo funcionario—, ya se cuenta con el nombre de varias de las empresas que fraguaron la trampa, pues cometieron el crimen sin borrar las huellas de su autoría.
Se descubrió, por ejemplo, que muchos aspirantes acudieron al mismo local para responder las pruebas. Fue fácil saberlo: las computadoras empleadas estaban conectadas a la misma dirección de internet (IP) y, coincidentemente, cuando quisieron disimular el escenario, cubrieron sus espaldas con el mismo fondo virtual.
Otra huella del delito sobrevivió en las redes sociales —principalmente TikTok, Instagram y Facebook—, las mismas que antes usaron para vender los servicios ilegales. Frente al escándalo, no tardaron en reaparecer, por esos mismos canales, los anuncios que promovían sus productos piratas.
Destapada la coladera, un puñado de aspirantes señalados acudió a manifestarse ante la rectoría de la UNAM. Ahí fueron a dar también las madres y los padres agraviados. Una de ellas dejó testimonio de su complicidad cuando, ante la prensa, se atrevió a exigir que le devolvieran el dinero que había pagado para que su hijo ingresara a la universidad.
Leonardo Lomelí, rector de la UNAM, ha dicho que el problema de fondo es el daño que —más allá de la institución— agravia al resto de la sociedad. Por la responsabilidad que carga sobre sus espaldas, Lomelí no tenía margen de acción: de haber relativizado la importancia de la trampa, habría cavado la tumba de su propia autoridad.
¿Cómo podría un claustro académico dedicado no solo a impartir conocimientos, sino también nociones precisas sobre lo correcto y lo incorrecto, abstenerse de denunciar un fraude tan grande?
No son tiempos para jugar con la integridad moral de las instituciones universitarias, precisamente porque fuera de ellas se han venido desintegrando los referentes éticos. De haber validado la trampa, la esencia misma de la misión pedagógica habría volado por los aires.
Tampoco era opción repetir desde cero el proceso de admisión, pues ello habría supuesto un costo económico importante para la universidad. Fue mejor optar por el camino intermedio: resolver las dudas mediante un examen de control al que serán sometidas las personas que, por los elevados puntajes obtenidos, pudieron haber cometido trampa.
Tres escenarios podrían derivarse de esa prueba de control: primero, que los aspirantes que hicieron trampa no se presenten; segundo, que sí lo hagan y obtengan calificaciones muy por debajo de las del examen anterior, y tercero, que mantengan un promedio similar al del primer ejercicio.
Solo entonces sabremos a ciencia cierta cuántos fueron realmente los tramposos. El verdadero escarmiento debería ser dar a conocer los nombres de los ausentes y de quienes cayeron respecto de sus resultados previos. Únicamente así se sentaría un precedente sobre lo que nuestra sociedad puede o no permitirse: un umbral de vergüenza que inhiba a padres e hijos la próxima vez que busquen los servicios de las compañías que fraguaron el fraude.
Volviendo a Camus: entre la justicia y un hijo se interpone la vergüenza de volverse cómplice de conductas indebidas. Si la trampa queda desde ahora maldita, pocos se atreverán en adelante a cruzarla.