El tema de los naturalizados en la Selección Mexicana de futbol y la desaprobación que algunos líderes de opinión tienen al respecto, es un asunto que lleva más de 20 años en la conversación y que ha repuntado a partir de la inminente convocatoria de Julián Quiñones.
En torno a este tópico siempre surge la limitada interpretación de: “si no aceptas la falsa representación que implica convocar a jugadores que toman la nacionalidad con fines futbolísticos, eres xenófobo y anticuado”.
Vale la pena establecer que un equipo de futbol tiene sus propios reglamentos y es la representación de un club, o en el caso de las selecciones, del futbol de un país, no del país mismo. Once pares de botas no son la patria. Una selección no tiene que llevar forzosamente la señera de la globalización y la inclusión, es simplemente un equipo de futbol y, como tal, puede establecer sus propios reglamentos e incluir o excluir a quien desee sin tener que rendirle cuentas a nadie.
Las potencias de nuestro continente no recurren a los naturalizados, no por un tema reglamentario, sino por un asunto de calidad futbolística e identidad. Es imposible pensar que Argentina o Brasil, por ejemplo, convoquen a un futbolista nacido en otro país, sin ninguna raíz con el suyo. Estas selecciones, de lugares mucho más apegados a nuestra cultura, lo hacen sin temor a transitar por la “xenofobia” y “discriminación”, que aduce la generación “woke”.
En otras latitudes no se considera el factor identidad, pero sí el tema de la calidad. En Europa hay selecciones muy poderosas como Alemania, España o Francia, que echan mano de jugadores que sin haber nacido en su territorio, sí tienen algún vínculo con la selección del país al que representan, pero lo más importante: marcan una diferencia por su nivel.
Habría que diferenciar tres conceptos de origen hablando exclusivamente de futbol: los nativos, los oriundos y los naturalizados. Ya que constantemente se confunde a los últimos dos.
El oriundo, es decir, el nacido de madre o padre mexicanos en el extranjero, o de padres extranjeros nacido en nuestro país, es tan mexicano como cualquier nativo. El naturalizado en cambio, tiene el plus y el enorme mérito de haber elegido la nacionalidad mexicana, sin mayor vínculo que el de haber pasado cierta cantidad de años en México.
No es un pecado que muchos futbolistas se naturalicen mexicanos para obtener ciertas ventajas y beneficios en materia deportiva. Algunos lo harán por un genuino cariño a México y de manera desinteresada, pero otros lo hacen para aprovechar las opciones que se abren a partir de este privilegio.
Por eso, aunque ciertamente todos los mexicanos tenemos los mismos derechos y obligaciones ante la ley, en el terreno futbolero resulta imperativo que el naturalizado marque una diferencia sustancial con relación a los mexicanos nativos o de origen.