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Se gana en la cancha

La grandeza de un futbol no se mide únicamente por la facilidad con la que sus clubes aplastan a los rivales de su región. La verdadera dimensión de una liga se descubre cuando cruza fronteras, cuando sale de su zona de confort y se enfrenta con los gigantes del continente.

A nivel de clubes México sigue dominando a placer su confederación. Lo hace casi por inercia. Cambian formatos, cambian nombres de torneos, aparecen franquicias de Estados Unidos, Centroamérica o el Caribe y el desenlace suele ser el mismo: los equipos mexicanos terminan imponiendo condiciones.

No hay sorpresa en ello. El problema es que hace tiempo dejaron de existir los parámetros verdaderamente serios para medir el nivel real de nuestros clubes.

La Copa Libertadores representaba justamente eso: la puerta hacia el mejor futbol del continente. Era el escaparate donde el futbol mexicano se ponía a prueba de verdad. Ahí estaban las noches en Buenos Aires, Porto Alegre, Montevideo o Asunción; las aduanas hostiles, las tribunas hirviendo y los arbitrajes de presión. Ahí se descubría si a la Liga MX le alcanzaba para competir con el orgullo sudamericano.

Y aunque muchos hoy quieran minimizarlo, México llegó a competir de tú a tú. Cruz Azul, Chivas, Tigres y América estuvieron cerca de tocar la gloria. Pachuca, Pumas, Cruz Azul o Guadalajara disputaron finales memorables. Hubo generaciones enteras de futbolistas mexicanos que crecieron entendiendo que el verdadero salto competitivo estaba del otro lado del continente y no en seguir levantando copas regionales que, con todo respeto, terminaron perdiendo valor deportivo.

Pero esa puerta se cerró. Y no la cerró la FIFA, ni la CONMEBOL, ni una conspiración internacional. La cerró la peor generación de directivos que ha tenido el futbol mexicano: la actual.

Una camada de dirigentes obsesionados con el corto plazo, con los dólares fáciles y con la comodidad administrativa. Prefirieron los viajes sencillos a Estados Unidos, las competencias controladas, los calendarios moldeados al negocio y los torneos sin demasiado riesgo deportivo. Cambiaron prestigio por conveniencia. Competencia real por confort. Ambición deportiva por caja registradora.

Y en medio de esa mediocridad estructural aparece también la degradación institucional de nuestro futbol.

Lo ocurrido con el América y la alineación indebida de Miguel Vázquez es apenas otro síntoma de un ecosistema donde el reglamento se interpreta según convenga. El conjunto azulcrema alineó durante media hora a un futbolista que no debía estar en la cancha durante la ida de los cuartos de final. El reglamento se infringió. No hay interpretación posible sobre eso. Lo demás —si la norma es exagerada, si el error fue administrativo o si se trata de una minucia burocrática— puede debatirse después.

Porque el problema de fondo no es solamente una alineación indebida. El problema es el futbol mexicano entero: un sistema que hace tiempo dejó de exigirse a sí mismo, que ya no compite contra los mejores y que además comienza a perder algo todavía más grave… la credibilidad.


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David Badillo
  • David Badillo
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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