Política

NARCISISTAS POR LAS LISTAS PLURINOMINALES

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  • Cuauhtémoc Carmona Álvarez

Ayer con la visita de la presidenta Claudia Sheinbaum a Comondú en Baja California Sur, la mandataria hizo referencia a las listas plurinominales que toca la reforma electoral. 

Y recordé un extraordinario texto de Marie-France Hirigoyen: 

Los narcisos han tomado el poder. Y es que un político narcisista, no voltea a ningún lado. Su único interés es mirarse en su espejo que lo enamora y lo pierde en el lago de sus vanidades.

Y como en el mito, el Narciso termina dándole la espalda al exterior: a la plaza pública, al voto, a lo que piensa la gente. 

Lo grave es que esa espalda no es individual: se vuelve práctica de partido, cultura de cúpula, normalidad administrativa y costumbre que en el peor de los casos se aferran a potenciarla en ley.

Por eso el debate sobre las listas de representación proporcional no es tecnicismo electoral: es un síntoma ético y moral. 

Ahí se decide si el poder seguirá siendo premio de dirigencias o mandato ganado frente al ciudadano. 

La lista cerrada ha sido, durante años, el carril perfecto para el improvisado, el impresentable y el heredero del apellido: personajes que no resisten una campaña de calle, pero llegan de la noche a la mañana y en un dos por tres quieren ser senadores y/o gobernadores.

En Comondú, la presidenta Sheinbaum lo dijo con una claridad que no admite hipocresías: 

“Las listas no las deben definir las cúpulas y los mismos de siempre”. Esa frase pesa para quienes han negociado con las cupulas del viejo régimen.

La propuesta de reforma electoral, en lo relativo a la proporcionalidad, abre un galimatías que en realidad es una batalla de fondo. Si quien quiera ser representante debe buscar el voto, se debilita la arena del acomodo. 

Y cuando se toca esa arena política, se agitan y se incomodan los guardianes del espejo. Porque el Narciso no teme perder un asiento: teme perder el control del reflejo.

El problema, entonces, no es solo jurídico: es político y moral. ¿Quién nombra, quién premia, quién castiga? ¿La ciudadanía o la élite interna que reparte lugares?

Una reforma constitucional exige mayorías calificadas. Morena, por sí solo, no las tiene. La negociación con aliados se vuelve entonces el campo donde se mide la consistencia del cambio, la congruencia. 

Hay partidos que han hecho de la “plasticidad” su modo de sobrevivir: aliarse con “el que manda”, asegurar espacios, preservar la imagen, aunque se vacíe la sustancia.

Conviene precisar que no se trata de obstaculizar la representación proporcional. Nació para incluir minorías y evitar mayorías aplastantes; para corregir asimetrías y ampliar voces. 

El problema de fondo es su captura por las dirigencias que reparten candidaturas como herencia. Con la cuarta transformación esa práctica debe desaparecer.

Por eso la discusión sobre las listas no es menor. Si queremos cortar el dedazo, el oscurantismo y —en el peor de los casos— la venta de curules y el tráfico de influencias, el remedio más higiénico es simple, aunque incómodo: menos cúpula y más ciudadanía; menos cuota y más mérito; menos lista y más calle.

Por eso la pregunta de esta reforma entre varios puntos es, al final, moral: ¿Quién decide quién nos representa? 

Si el Congreso será espejo de la sociedad o espejo de las cúpulas. 

Si mirará de frente al pueblo o seguirá mirando hacia arriba, a la oficina donde se reparten las listas y los lugares.

Si este debate se resuelve con elevada conciencia la democracia y sobre todo los ciudadanos ganaran. 

Si se resuelve con eufemismos, chantaje y grilla, habremos cambiado el discurso del Narciso, no su reflejo y seguirán las listas como siempre.


@CUAUHTECARMONA

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