Esta semana será, sin duda, de renuncias y licencias. Muchos políticos que buscan competir el próximo año 2027 están dejando —o están por dejar— sus cargos.
Los tiempos se adelantaron. Renuncias o licencias como les queramos llamar se vienen en cascada. La figura jurídica es lo de menos.
El fondo está en la palabra: renunciar.
La presidenta Claudia Sheinbaum lo puso sobre la discusión para quienes construyen el segundo piso: quien quiera buscar una candidatura, que deje su cargo.
La idea es correcta. Evitar el uso de recursos públicos y marcar una línea ética en la competencia. Sin embargo, también es un arma de doble filo.
Por un lado, ordena el tablero; por el otro, acelera movimientos de gobernadores con sus esquiroles y a muchos estrategas políticos los está poniendo a parir chayotes.
El problema para mi es otro y es, recuperar la moral en la vida pública.
Desde la filosofía política —o, para ser más precisos, desde la ética— el punto no está en la renuncia, sino en su sentido.
Ya no hablemos del orden interno, sino de lo verdaderamente relevante: el fundamento de quienes hoy renuncian o piden licencia.
Qué les mueve, con qué apoyos cuentan como están en el ánimo electoral más allá de encuestas chafas y compradas.
Porque no basta decir que van arriba en las encuestas. La conducta y reputación están por encima del cálculo y la estadística. Los principios son el fundamento de la política.
Sin ese cimiento nos llenamos de trapecistas y comodines: personajes que saltan de cargo en cargo, de partido en partido, sin rumbo, sin proyecto y, peor aún, sin responsabilidad frente a los ciudadanos.
Pareciera que las renuncias son infinitas. Se renuncia una, dos, tres veces… y siempre hay un siguiente cargo en la mira.
Nadie se va realmente. Solo se reacomoda. Hasta que la vida misma —la vejez o la muerte— pone el punto final.
Y aquí conviene recordar al filósofo del lenguaje, a Ludwig Wittgenstein: las palabras no valen por lo que dicen, sino por cómo se usan. Si hoy “renunciar” se utiliza para permanecer en la jugada, entonces no estamos frente a un acto de desprendimiento, sino ante una estrategia de permanencia.
Pero el fondo sigue sin tocarse.
El problema no es brincar, ni pedir licencia o renunciar. La pregunta que debemos hacernos es: ¿Para qué? ¿Son tan necesarios e imprescindibles para la política? Si los renunciantes no transforman la vida pública, si no mejora la vida de los ciudadanos, entonces no sirve de nada. Puros oportunistas y mantenidos del presupuesto público.
Durango es un ejemplo doloroso. Un exgobernador (Rosas Aispuro), que brincó de partidos, pidió licencias, se movió políticamente… y en el fondo no sirvió de nada.
El estado sigue arrastrando rezagos profundos que el actual gobernador Esteban Villegas arrastra junto con las administraciones insulsas del pasado reciente en Gómez Palacio, Durango.
La verdadera renuncia no es al cargo, es a la corrupción; no es a la silla, es al ego desbordado.
A esa pulsión de poder que —como advertía el expresidente Andrés Manuel López Obrador— termina convirtiendo a muchos en simples ambiciosos vulgares.
Si no entendemos que la política es un medio para el bien común y no un mecanismo de enriquecimiento personal, entonces —con el perdón de los moralistas— estamos profundamente jodidos.
Políticos que llegan con tierra en los zapatos y terminan como terratenientes o con Islas como un ex gobernador de Durango es inaceptable y denunciable.
Valgan todas las renuncias y licencias para mejorar la política y la vida de los ciudadanos.
La trasformación y la construcción del segundo piso no quedará inacabada por los que roban, mienten y traicionan.