Cantar es una forma de escapar. Es otro mundo. Anónimo
En casa hay un piano. No es un mueble más: es pretexto, ritual y punto de encuentro.
Cada mes —aunque esta vez la pausa la impuso la Semana Santa y las agendas— un grupo de amigos nos reunimos para romper la rutina y hacer lo que estamos olvidando: convivir, cantar y dejarnos llevar por la bohemia.
En mayo, como buenos tercos de la nostalgia, volveremos recargados y con repertorio renovado.
Como en aquellas tertulias de Amparo Montes, hacemos una pausa en el ruido cotidiano y le rendimos culto a la música.
La casa se convierte en una cueva porque, como diría Friedrich Nietzsche, una vida sin música sería un error. Y hay una verdad que no puedo simular: tocar algunas piezas no me hace pianista.
Y ahí entra nuestro músico de cabecera, el Maestro Erick. Él sí sabe. Él sí domina el instrumento. Nosotros pedimos; él nos acompaña; a veces afinados, otras no tanto.
La diferencia no está en el piano, sino en la formación, en la disciplina y en el oficio que nuestro acompañante pianista nos ofrece, además del gozo metafísico porque el que canta, como dice la sagrada escritura ora dos veces.
Y es justamente ahí donde la metáfora deja de ser anecdótica para entrar a mi reflexión semanal:
En tiempos de candidaturas para alcaldías, diputaciones y regidurías, conviene hacerse una pregunta incómoda: ¿Estar en política te hace político?
La respuesta, como en el piano, es no.
Así como tocar tres canciones no me convierte en pianista, participar en la grilla no convierte a nadie en político.
La política, en su sentido más serio, es el arte de servir al bien común. Y como todo arte, exige preparación, estudio, experiencia y, sobre todo, carácter.
Sin embargo, hemos confundido la política con la improvisación. La grilla con la vocación.
La politiquería con la profesión. Y entonces cualquiera levanta la mano, como si el ejercicio del poder fuera una ocurrencia y no una responsabilidad.
La política, como la música, no admite simulaciones por mucho tiempo. Tarde o temprano, el oído colectivo detecta al desafinado. Y lo que vemos con frecuencia son actores públicos que no interpretan: desentonan.
No construyen: improvisan. No elevan: degradan. En el peor de los casos, convierten la vida pública en una sátira grotesca, con grandes puestas en escena de estupidez y destrucción, como si estuviéramos frente a una tragedia griega mal representada.
La música, como la política, exige respeto. Y el respeto no se decreta: se gana. Con trayectoria, con competencia, con habilidades que no brotan por generación espontánea.
Muchos “políticos” nacen como mezquites en el desierto pero no sirven para nada, ni para arder como la “leña de pirul” que interpretaba con mucha voz y sentimiento mi cantante vernácula preferida: Lola Beltrán.
Pero tampoco basta con señalar al desafinado. También el público, con el tiempo, se acostumbra a aplaudir cualquier cosa.
Y en esa indulgencia, en esa resignación disfrazada de costumbre, se erosiona el criterio y se abarata la exigencia. Nos imponen por la fuerza la simulación, el chantaje y el descredito.
¿Queremos seguir escuchando una política desafinada… o estamos dispuestos, como sociedad, a exigir —y a ejercer— un oído más crítico frente a quienes dicen tener vocación para interpretar y ejercer el poder con decencia?
Si Morena quiere seguir construyendo el Segundo piso debe cerrarle el paso a los desentonados e impresentables…
@cuauhtecarmona