El martes pasado, durante 107 minutos, el Presidente número 47 de Estados Unidos pronunció el discurso del “Estado de la Unión” más largo en la historia de su país. Solamente él podía lograr algo así, transformar el clásico “The State of The Union… is Strong”, en una especie de Reality show plagado de beligerancia, mentiras e insultos.
Justo en el año que marca el 250 aniversario del nacimiento de esa gran nación, Donald Trump acudió a un Congreso con una poderosa tradición bipartidista para reclamar a la mitad de los presentes por no ponerse de píe para aplaudirle. Para él los legisladores del partido Demócrata son “gente enferma”, “locos” y por ello, los acusó: “están destruyendo nuestro país”.
Por dos siglos y medio Estados Unidos de América se presentó ante el resto del mundo como la gran coalición de estados libres y soberanos que, unidos en democracia, construyeron la mayor potencia económica y militar del planeta. Ahora, a la cabeza de un imperio que no duda en “arrestar y encarcelar” presidentes o asesinar Ayatolas, enfrenta su principal batalla en casa.
Presentada como una fiesta, no lo fue. Además de presentar y premiar al equipo olímpico de Hockey, veteranos de guerras pasadas y víctimas de perversos criminales (siempre extranjeros), el Presidente Trump dedicó buena parte de una hora y 47 minutos de su informe del “estado de la Unión”, en agitar la misma bandera que, en 2016 y 2024, lo llevaron a ganar la Casa Blanca: la satanización de los inmigrantes.
Aunque ahora fue aún más feroz (si cabe) en arremeter contra un nuevo enemigo: los demócratas. Así, es, su nueva cruzada es contra la mitad de su propio país. Así, pasamos del “Estado de la Unión al estado de la división”.
En lo personal he seguido los mensajes anuales de los distintos presidentes estadounidenses por casi un cuarto de siglo. ¿Vicio, masoquismo?, probablemente. Pero en general me parecen excelentes ejercicios de comunicación política, que integran la promoción de un par de ideas estratégicas, con la motivación de sus bases y una serie de sound bites efectivos para la propaganda del mandatario en turno entre los diversos segmentos de las audiencias de posibles votantes.
En el caso de Trump, a golpes de sorpresa, he tenido que ir reconociendo su genio como comunicador. Más allá de sus desplantes megalómanos –ese mismo día lamentó no poder entregarse a sí mismo la medalla “Purpple Heart”—y arrebatos populistas, en esta ocasión se ocupó de mentir, distraer y, sobre todo, atacar, atacar y atacar a sus múltiples enemigos reales e imaginarios.
Por supuesto que en su Informe de Gobierno –el primero de su segundo periodo--, no iba a abordar los escándalos por el encubrimiento del caso Epstein, tampoco los asesinatos recientes de ciudadanos americanos de piel blanca cometidos por sus escuadrones armados del ICE.
Era de esperarse un ánimo festivo por el próximo inicio de la Copa Mundial FIFA 2026 que en tres meses se llevará a cabo, sobre todo, en su país. Lo mismo por las celebraciones por aquel gran proyecto político y social que despegó en 1776.
Vamos, era previsible, incluso, que presumiera su nueva amistad con el nuevo régimen chavista de Venezuela; o que presentara como éxito suyo la muerte de El Mencho ocurrida dos días atrás. Nada de lo cual le importa demasiado al ciudadano estadounidense promedio. Ni a los que acudirán a las urnas en noviembre.
Omiso al mensaje central que hace 33 años le permitió a Bill Clinton ganar las elecciones presidenciales –“it´s the Economy, stupid”--, Trump fracaso en su intento de presumir avances económicos concretos de su guerra de los aranceles, la cual acaba de ser repudiada por la propia Suprema Corte de corte conservador que él mismo impulso durante su primer mandato.
En clara demostración de que estos nuevos tiempos son de polarización y no de llamar a la unidad nacional, Trump apostó –una vez más--, por el “Fight! Fight! Fight!” como arenga principal de una narrativa que le promete a todos sus fans riqueza, fama y el orgullo de una versión extrema de un nacional-cristianismo centrado en una supuesta supremacía racial, el odio a “los ilegales” y su presunta intención de robarse las elecciones que vienen. Un asunto que, por cierto, ni siquiera la Heritage Foundation (su pilar ideológico), considera real o relevante.