En mi calidad de “profe” de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM estoy consciente de que para las nuevas generaciones “El Caso Colosio” es tan conocido como, digamos, la relación de monarcas escandinavos durante la edad media, la historia de America Online o la crónica de caída del meteorito que provocó la extinción de los dinosaurios hace 300 millones de años.
Por supuesto que se trata de alumnas y alumnos brillantes. Las y los jóvenes saben de la importancia de los referentes históricos en la construcción de las narrativas que definen los parámetros de una sociedad. Simplemente esa historia no es suya.
“¿Y quién es Raúl Salinas de Gortari?” señalan de inmediato ante un error tipográfico en una imagen presentada en pantalla durante la más reciente de HBO sobre la muerte del candidato del PRI a la presidencia de México aquella tarde del 23 de marzo de 1994.
Se trata de la referencia a una nota que firme a partir de tarjeta obtenido por Ramón Alberto Garza, mi jefe y director del diario en que trabajaba, la cual que mostraba un mensaje escrito de puño y letra por el hermano mayor del presidente de la República. Eran apenas 22 palabras que convertí en un extenso texto en la primera página en la edición de Reforma del lunes 14 de abril de 1997.
La anécdota, y sobre todo, la enrome distancia de los jóvenes de hoy con aquellos hechos, me llevó de vuelta a los años en que Ciro Gómez Leyva publicaba en el mismo periódico los testimonios, anónimos algunos de ellos de “las viudas de Colosio”. O cuando Roberto Zamarripa ponía el ojo en las aventuras del gobernador Beltrones en las playas de Tijuana, el reporteo de Ignacio Rodríguez Reyna documentaba las maniobras del clan Salinas para intentar “control de daños” en el caso de “el hermano incómodo”. Pero sobre todo, recuerdo a El Universal reflejando en algunos de sus encabezados la rabia auténtica con los tácitos reclamos ante los negocios perdidos por un supuesto “complot” que sin haber llegado al rango de “verdad histórica” sí forma parte del recuerdo social.
Era otro país. Recuerdo el periodismo de Arturo Cano, Daniel Moreno, Fidel Samaniego y algunos de “los actuales”, como Joaquín López Dóriga y Jorge Fernández Meléndez que pudieron documentar, casi entre líneas, los detalles de lo que sucedía al interior de Los Pinos cuando se cocinó la candidatura de reemplazo de Ernesto Zedillo, parcialmente gracias al aparente destierro de José Córdoba Montoya, el super asesor de origen francés.
Quedaron en la hemeroteca buena parte de las crónicas sobre las brutales batallas entre Los Neoliberales, y La Nomenclatura, etiqueta con la que el propio Salinas intentó culpar de todos los males del país al ex presidente Luis Echeverría y a la vieja guardia priista hasta poco antes responsable del sistema de seguridad nacional que en esos años colapsó.
Más allá de la importancia que pudiera tener Mario Aburto –eje narrativo de la serie televisiva—, estamos hablando de una pelea sangrienta al interior de la cúpula del poder.
Convencido de que las historias son de quienes las cuentan, debo reconocer la terquedad de Salinas sigue intentando promover su versión.
A 32 años de distancia, nos queda el recuerdo de esa profunda fractura en uno de los sistemas políticos más estables del siglo pasado. Me parece que lo que trasciende (si acaso) es ese difuso veredicto popular: crimen de Estado o asesino solitario, al final nos habremos de resignar al “fueron ellos mismos”.
Hoy, en estos nuevos “tiempos interesantes” del 2026, las nuevas disputas por el poder son, al menos, igual de truculentas. Ojalá y sean menos sangrientas.