En 1978 yo era un estudiante de secundaria que recortaba las notas sobre la revolución sandinista publicadas en un periódico que se llamó unomásuno. A México lo gobernaba, supuestamente por unanimidad, José López Portillo. Mientras, Estados Unidos bailaba con John Travolta al ritmo de Saturday Night Fever.
En ese mismo año, el ingreso promedio de una familia en China era de $1,500 dólares, a valor actual. Ahora, esa cifra alcanza los $170,000, un incremento real de más de cien veces.
Ahí me detengo. Intento imaginar un país de casi mil millones de personas con una economía que crece a toda velocidad durante los siguientes 48 años y realmente no puedo.
Algo podría decir sobre las bases autoritarias y de control de masas construidas durante la dinastía del camarada Mao, quien murió en 1976. También alcanzo a reconocer que el Consenso de Washington de los años 80s –el despegue de la infame globalización neoliberal— detonó un crecimiento económico acumulado de unas 10 veces en varias regiones del planeta. Pero, comprender el impacto material y mental de haber pasado de un ingreso de 1,500 a 170,000 en un mismo ciclo de vida, realmente me supera.
Ciertamente el capitalismo de Estado adoptado por el gigante asiático no fue parejo. Actualmente el 10 por ciento de la población China controla algo así como el 70 por ciento de la riqueza privada, asegura la World Inequality Database. De cualquier modo, sigo en shock, pues esto implica que cerca de 150 millones de chinos pasaron de la pobreza, o una condición de humildes servidores públicos y a convertirse, a la vuelta de medio siglo, en millonarios (en dólares).
Como también sucedió en el resto del mundo, algo podría decir sobre la manera en que China se transformó de una sociedad mayoritariamente rural a convertirse en esa gigantesca maquinaria urbana (o casi) de exportación de productos chatarra que aumentaron el bienestar de las crecientes clases medias en el resto de los países.
En aquel 1978, mientras México cocinaba un boom petrolero que nos llevó a derramar 3.3 millones de barriles de crudo frente a las costas de Campeche y quemar a cielo abierto cantidades inmensas de gas natural, el presidente de Estados Unidos planeaba el intercambio de drogas (para su gente) por armas (para el fundamentalismo islámico en Irán), los chinos tomaron control de buena parte de la producción industrial del planeta.
No tengo duda de que los propios habitantes de China tuvieron que pasar por grandes sacrificios. Recuerdo los testimonios sobre los destrozos cometidos en la construcción de una inmensa presa que llevaría agua a amplias regiones del sur del país. Comprendo que los niveles de explotación que los propios obreros chinos sufrieron fueron particularmente feroces. Y luego los abusos que llegaron con la urbanización y el proceso de cambio hacia la economía de servicios. La reciente crisis inmobiliaria también generó estragos, pero, sobre todo recuerdo la brutal política de control natal que llevó a la muerte de una gran cantidad de bebes (niñas).
Y sin embargo, desde el estancamiento crónico de la economía mexicana, no puedo dejar de asombrarme del dato chino. Sobre todo, de cara su más reciente plan estratégico a 15 años que, en los próximos 5 promete:
“Cielos salpicados de drones de reparto y taxis voladores; centrales eléctricas de fusión e hidrógeno que abastecen de combustible a fábricas operadas por robots humanoides; ordenadores cuánticos imparables; dispositivos móviles 6G conectados directamente al cerebro de las personas” (WSJ).
La nueva apuesta china –A.I.G., computación cuántica y una muy explicita ruta para, sin llegar a la guerra, superar la influencia global de Estados Unidos--, no deja demasiadas duda sobre qué país ha resultado ganador en la arena mundial. Tal como sucedió con la expansión económica de Estados Unidos luego de su Guerra Civil en la segunda mitad del siglo XIX, estas últimas décadas el motor de la economía del mundo está en el sur de Asia. Las gorritas de MAGA “made in China”, son el ejemplo perfecto.