Hace ocho días, estimados lectores, compartí con ustedes parte de la miscelánea del horror en la que los sucesos cotidianos superan a los del día anterior.
¿Quién diría que el simple enunciado de una colaboración, tuviera correspondencia con la realidad? lamentablemente no se requiere ser adivino o poseer un bola de cristal, es solo entender la función del famoso algoritmo, en el que de ver tanto, o escuchar un tipo de música o video, es suficiente para que el ordenador busque inmediatamente algo similar qué mostrar. Esto ocurre en nuestro país, el algoritmo de la violencia se repite una y otra vez, suministrando a los ciudadanos dosis extremas de la hormona del miedo, adrenalina y cortisol del estrés. Provocando en nuestro sistema nervioso, y también en el social, estados alterados en los rincones de nuestras comunidades y conciencias.
Es difícil evadir la realidad que generan en el ambiente los hechos de violencia, y el irracional sentido desechable de la vida que se expresa por aquellos que han decidido vivir al margen de la ley, trasgrediendo mucho de lo que nos hemos dado las personas para trabajar y vivir, simplemente vivir.
No es el espíritu de esta colaboración disertar sobre problemas de carácter político o referentes a la criminalidad que existen en nuestras comunidades, pero la realidad se hace presente en diversos espacios de nuestro diario andar, y es ineludible entonces pensar en ello, en los efectos que provoca, en los estados en los que nos posiciona.
Sin embargo, no quiero referirme a investigar las causas, los motivos, las alianzas, las razones, los confidentes, los cómplices, o los traidores. Habrá otros, sin lugar a dudas, con mayor experiencia que la mía para pensar sobre estos y otros temas.
Necesito referirme a los militares que perecieron y que, con su partida, provocaron un intenso dolor para sus familias. ¿Qué pensaron ellos cuando iban transportados a una misión de relevancia para México?, ¿cuánto miedo tenían, cuántas promesas hicieron a quienes se quedaron en casa?, y en silencio ¿cuántos de ellos rezaron un padre nuestro?
Muchas preguntas sin respuesta, solo atino a imaginar, a esbozar algunas ideas; no alcanzo a dimensionar qué pasaba en sus momentos. No lo sé, nunca lo sabré.
Sin dudar, sin titubear, creo que debiéramos hacer un silencioso homenaje en nuestra intimidad a estos valientes mexicanos, que independientemente de las respuestas a mis preguntas, sin lugar a dudas es un reconocimiento a unos hombres y mujeres decentes.
Cuánta falta hace tener más mexicanos de esa madera.