Siempre he pensado que la llamada Semana Santa tiene diversos significados para las personas, no sólo para los católicos, también para laicos. Obviamente no pretendo disertar sobre las diferentes interpretaciones de los libros sagrados, o las escisiones manifiestas que ha tenido la religión católica en los siglos de vida que tiene, y mucho menos de los cismas que han irrumpido en la Iglesia Católica, desde el primero presentado en el año 1054 d.C., conocido por los historiadores como la gran ruptura de oriente y occidente, entre la Iglesia Católica romana, y la Iglesia Ortodoxa oriental.
Sin embargo, pese al distanciamiento de los hermanos, las luchas encarnizadas por el poder, o la decadencia en la ética y moral que ha tenido, y de alguna forma tienen algunas estructuras que institucionalizan la religión, existe la Fe, esta se mantiene presente en las personas que profesan alguna religión.
Contra viento y marea, los creyentes creemos, y con ello se construyen y fortalecen tejidos subterráneos que se entrelazan para dar los frutos buscados: identidad, espíritu de cuerpo, comunión directa con una fuerza mayor, y todo ello alimenta lo que cualquier ser humano, ahí sí, independientemente de la religión que guarde, ese valor que mantiene a los hombres en pie a pesar de cualquier adversidad: la esperanza.
Es entonces que se forma una mezcla que fortalece a la persona para mantenerse firme y seguir caminando, incluso en las veces que los golpes de realidad nos hacen caer, dudar, y tal vez lo más trascendente: reflexionar.
Es pues, que estos días pueden ser de “asueto”, de playa, de agua, en fin, de fiesta, pero también de introspección. “Echarle” una miradita para ver cómo andamos por dentro nosotros mismos, de nuestra conciencia, y revisar lo acertado o lo dudoso.
La semana mayor nos invoca y convoca a acercarnos a Dios, entender eso que llaman la pasión de Cristo, identificarnos con los dos últimos días con vida terrenal del profeta, seguido de la resurrección y el ascenso a la gloria.
No es intención de esta entrega hacer la evangelización del amable lector, recapitulo para humanizar esos hechos. Pienso que este se puede entender en tres momentos: como silencio y reflexión, nos invita a ubicar a aquello con lo que se carga, lo que a cada quien le pesa, y que es necesario soltar para viajar ligero.
Un segundo momento es entender la necesidad de escuchar, no gritar o violentar, escuchar (nos), para acompañar el sufrimiento de Cristo, que se conecta con aquellos que sufren de cualquiera de las miserias humanas. Y es aquí donde la Fe tiene mayor presencia, no suprime las secuelas del dolor, sólo les da sentido, haciéndonos sentir que en los momentos más oscuros, cuando todo parece perdido, siempre hay una esperanza, un propósito de transformación. Y el tercero que nos trasciende es la resurrección, es creer que después de la caída hay que levantarse, que después de la noche llega el amanecer.
En el fondo la Fe no es una certeza absoluta, sino una decisión de seguir creyendo incluso cundo no todo tiene respuesta. Y entonces llega la luz. No como un milagro espectacular, sino como una certeza suave: la vida siempre encuentra la manera de renacer. La resurrección simboliza eso que todos, en algún momento, necesitamos creer.
Así, la fe en estos tiempos no es perfección ni certeza absoluta. Es un acto profundamente humano: elegir creer, aun con dudas; seguir adelante, aun con miedo; y confiar, aun cuando el camino no está del todo claro.