¿Qué significa ganar y qué significa perder en las elecciones del 6 de junio? La elección del domingo habrá de definir el rumbo del país en los siguientes años, quizá por décadas. Si el Presidente gana será más fácil para él consolidar su proyecto de país —bueno o malo, según quien opine—, pero si pierde, en cambio, tendrá que enfrentar a una realidad contraria a ese proyecto.
¿Qué es ganar y qué es perder? Héctor Aguilar Camín ha tratado de responder a esta pregunta, absolutamente crucial, en sus columnas de MILENIO. “Es una cuestión de números, desde luego”, escribió antier, “pero también es una cuestión de percepción, de atmósfera y de coyuntura política”. Ganar, en este sentido, significa confirmar la victoria de 2018, en sus resultados y en sus emociones. Perder, a su vez, significa aceptar que existe desilusión por el proyecto que ganó en 2018. Al empezar el año, se pensaba que el gobierno ganaría 14 de las 15 gubernaturas en disputa; hoy se piensa que puede ganar 8. Al empezar el año, se pensaba que ganaría la mayoría de las delegaciones de Ciudad de México; hoy se piensa que puede ganar la mitad. Y al empezar el año se pensaba que podía conservar la mayoría calificada en la Cámara de Diputados; hoy se piensa que ganará la mayoría simple solo aliado con el PT y el Verde.
La señal que nos revele si el gobierno ganó o perdió será la reacción del Presidente
Creo que la señal que nos revelará si el gobierno percibe que ganó o perdió será la reacción del propio Presidente. Si considera que perdió, aunque haya ganado mucho, reclamará fraude. La elección del 2 de julio de 2006 fue una victoria para la izquierda, una victoria que ella misma convirtió en derrota. En 2000, el PRD alcanzó solo 16 por ciento de la votación presidencial; en 2006 consiguió más del doble, 35 por ciento. En 2000, el PRD tuvo apenas 50 diputados y 15 senadores; en 2006, en cambio, obtuvo 127 diputados y 29 senadores, sin contar los escaños asignados a los otros partidos que formaban la Coalición por el Bien de Todos. Andrés Manuel López Obrador fue el artífice del triunfo. Pero fue también el único que perdió, por apenas medio punto. Y no lo quiso reconocer. Ante los resultados de la elección, que perdió, tenía dos opciones: descalificar o impugnar. Podía condenar la totalidad de la jornada, sin pruebas para demostrar el fraude que tanto cacareó, o podía cuestionar la equidad del proceso electoral en su conjunto. Optó por lo primero: descalificar, inventar algo que jamás existió el día de la elección: un “cochinero”.
Enrique Krauze escribió en “El mesías tropical”, publicado por Letras Libres en junio de 2006, que desconfiaba del mesías. Le preocupaba su proyecto de gobierno, pero sobre todo su personalidad: “puritana, dogmática, autoritaria, proclive al odio y, sobre todas las cosas, redentorista”. Y hacía este vaticinio sobre su reacción, en caso de perder: “Repetirá su experiencia en Tabasco: desconocerá los resultados, aducirá fraude, hablará de complot, fustigará a los ricos, redoblará sus apuestas, invocará la resistencia civil, llamará a movilizaciones en todo el país para convocar a nuevos comicios y hasta intentará formar un gobierno paralelo”. Así fue y así será. El Presidente, si considera que perdió este domingo, hará lo que siempre ha hecho. _
Carlos Tello Díaz
Investigador de la UNAM (Cialc)
ctello@milenio.com