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¿Los algoritmos nos hacen más libres?

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  • Carlos Iván Moreno Arellano

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Dieciséis horas al día frente a Instagram pueden considerarse una adicción? Ese fue el tiempo que Kaley, una joven de 20 años, registró en la plataforma, según la demanda presentada contra Meta en California. Cuando le preguntaron a Adam Mosseri, jefe de Instagram, si semejante uso era una adicción, respondió que, en todo caso, se trataba de un “uso problemático”.

La respuesta revela la ficción sobre la que descansa el negocio digital: que los usuarios eligen libremente. Pero ¿qué tan libre es una persona que pasa dos terceras partes de su día respondiendo a los estímulos de un algoritmo diseñado para capturar su atención?

Durante años contamos la revolución digital como una historia de emancipación. Y, en buena medida, lo fue. Internet multiplicó el acceso al conocimiento. El Smartphone puso el mundo en el bolsillo; pero mientras ampliaban nuestras posibilidades de elección, esas mismas tecnologías aprendían también a intervenir en ellas. Hoy los algoritmos conocen qué nos emociona, qué nos indigna, qué nos entretiene y, sobre todo, qué consigue mantenernos pegados a la pantalla. ¿En verdad decidimos nosotros?

La tendencia global para regular el acceso a redes sociales en menores, para modificar el diseño algorítmico y para limitar los dispositivos en las escuelas es irreversible. Frente a ello, al igual que con la industria del tabaco, las empresas acuden al falaz argumento de que se atenta contra la “libertad individual”.

Harry Frankfurt sostenía que ser libre no consiste solo en hacer lo que uno desea. Ser libre implica poder decidir qué deseos merecen gobernarnos y cuáles no. Cuando nuestros impulsos son anticipados, moldeados y explotados por sistemas diseñados para ello, reducir el problema a la “responsabilidad individual” dejan de ser una defensa del libre albedrio. Es una manipulación.

La libertad no desaparece cuando se fijan límites. Desaparece cuando dejamos que alguien más decida aquello que creemos haber elegido nosotros mismos. Coincido con Byung-Chul Han: “los algoritmos ponen en peligro la libre voluntad porque son más rápidos que ella. Se adelantan a ella. Así, la libertad se convierte en control.” El mayor triunfo del algoritmo no es capturar nuestra atención. Es convencernos de que fue nuestra decisión entregársela.


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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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