¿Cuándo es la edad apropiada para darle una pantalla a un niño o una niña?”, le preguntaron al psicólogo Jonathan Haidt durante la conferencia matutina de la presidenta Claudia Sheinbaum. Su respuesta: “Cuando quieras que ese niño deje de leer”.
México ha entrado de lleno al debate sobre el uso excesivo de redes sociales y dispositivos electrónicos, particularmente en las escuelas. Es un debate sustentado en evidencia científica, pero también moral.
Para muchos, me incluyo, ya no es solo un asunto de política pública. Es una convicción personal, al ser testigos de los problemas de adicción que los algoritmos provocan en las aulas y en nuestras propias familias. Y sabemos algo más inquietante: esa adicción no es un accidente; es “por diseño”.
Gracias a especialistas que participaron en las recientes mañaneras, como Arturo Béjar, valiente mexicano y exdirectivo de Meta, hoy entendemos mejor que los algoritmos no son neutrales: son prioridades e intereses expresados en lenguaje matemático. Los dispositivos digitales tampoco son herramientas pasivas; deciden qué vemos, moldean nuestra atención y compiten, minuto a minuto, por el tiempo de niñas, niños y adolescentes.
Las empresas tecnológicas insisten en que todo se reduce a la libertad de elección y a la responsabilidad familiar. Pero omiten un hecho clave: la competencia es profundamente desigual. De un lado están madres, padres y docentes; del otro, ejércitos de ingenieros, miles de millones de dólares y algoritmos diseñados para capturar la atención.
El resultado, como advirtió Tania Jiménez, es que las nuevas generaciones corren el riesgo de pasar 20 años de su vida frente a una pantalla. Veinte años de sobreestimulación, comparación permanente con estándares irreales, bombardeo comercial, ciberacoso y otros riesgos.
Es una crisis de salud pública. La respuesta no puede limitarse a la autorregulación individual. Comienza en la escuela. Como recordó Andrés Morales, de UNESCO, más de la mitad de los países ya restringen el uso de smartphones en los centros educativos.
Pero el desafío va más allá de prohibir celulares. Implica reinventar la experiencia educativa para recuperar la lectura profunda, el juego libre, el aprendizaje activo y la conversación. Por una infancia plena y feliz.