Una idea extraña y peligrosa recorre los campus universitarios en Estados Unidos: eliminar la Sociología. Hay riesgo de contagio en otros países, incluido México.
Desde hace algunos años, la sociología y las humanidades en general enfrentan cuestionamientos severos. Se les reprocha haber sustituido el análisis por el activismo, contribuir a la polarización de las universidades y perder el rigor que justifica su lugar en la academia.
El mes pasado, el Wall Street Journal abordó el tema con una pregunta provocadora: ¿Es hora de liquidar el estudio de la sociología? El argumento es que diversos intelectuales, incluidos sociólogos, han advertido sobre una menor tolerancia a la pluralidad de ideas y el riesgo de convertir la investigación en militancia. La crítica es válida.
En 2023, The Economist fue más lejos. Sostuvo que la caída en las preferencias estudiantiles por la sociología y las humanidades sería, incluso, una “buena noticia”. Al final, dicen, los jóvenes estarían respondiendo a los “incentivos del mercado” eligiendo carreras con mejores perspectivas económicas. Son unos genios, del absurdo.
La universidad no es un centro de adiestramiento para el trabajo, es un gimnasio del pensamiento: es donde aprendemos a cuestionar nuestras certezas, comprender fenómenos complejos y dialogar con quienes piensan distinto.
En México, la tendencia también preocupa: desde hace unos 10 años se registra la caída en la matrícula de Sociología y otras disciplinas humanistas. No es solo decisión vocacional de los estudiantes; también refleja una cultura que mide el valor de la educación casi exclusivamente por el salario del egresado. Empleabilidad por encima de ciudadanía.
La paradoja es clara. Vivimos una época de policrisis e ingentes desafíos sociales: inteligencia artificial, desinformación, polarización, violencia, crisis de confianza institucional y agudos cambios en el mundo laboral. Es cuando más necesitamos comprender cómo funciona la sociedad. Y, sin embargo, cada vez menos jóvenes deciden estudiarla.
El estudio de lo social, desde luego, requiere autocrítica. Defender el rigor científico, ser más plural y resistir el dogmatismo. Pero una universidad sin sociología sería, también, una sin la capacidad de entender el mundo que pretende transformar.