Cultura

Papeadores

Hay dos razones que me hacen desconfiar de la gente, la primera cuando no sonríen. La segunda, al no mostrar pasión por la comida. Sé que mi percepción es, además de tajante, arbitraria, pero qué le va uno a hacer. Por algún lado es preciso elaborar el análisis de lo que hay alrededor.

Y así como están los que evalúan a los demás por sus rasgos, habilidades o desempeño, quien esto escribe no tiene empacho en mirar raro al que no cuenta con la capacidad para advertir el lado luminoso de la vida, y para disfrutar de ese gran placer que nos diferencia del resto de los seres del mundo animal.

Por eso, cada que encuentro gente de sonrisa fácil y con debilidad por los sabores me quedo enganchado. Así me pasó con Lyn. Eso de que Dios los hace y ellos se encuentran no es nomás para quedar bien con el barbón de arriba. Digamos que se juntaron el hambre con las ganas de comer.

Además del estupendo sentido del humor que refrenda su inteligencia, tiene una debilidad por la comida. Un apellido homologado nos ha vuelto hermanos postizos y manías en común han hecho el resto. El resultado es un desastre armónico en el que disfrutamos risas y gastronomía cada que coincidimos.

Con esta lógica de por medio vamos y venimos hincando el diente a cuantas propuestas se nos presentan. Y hemos andado la milla (literalmente) en pos de manjares decadentes, porque, como dicen las abuelas, “lo comido y lo viajado es lo único que te vas a llevar de este mundo mijito”.

Cerdo confitado gourmet, carnitas comunes, pero no corrientes, legendarios tacos dorados de sesos, fondas fodongas espanta crudas, chicharrón norteño recién salido del cazo, huaraches de costilla y de antología, atracones memorables de mariscos, panecillos deli en barrio gentrificado. Un reto nada fit y sí muy fat.

La última ocurrencia llegó por la vía del “Insta”. Con imágenes de unos tacos mamelones de asada con queso, retacados de guacamole. “¡No sé cuándo, pero esto tiene que pasar!”, me dijo sin más, lo que prepara una nueva travesía chilanga de pronóstico reservado.

Phil Rosenthal protagoniza Somebody feed Phil, la serie de Netflix sobre la aventura de comer y el encuentro con gente que honra el acto de compartir el pan y la sal a lo largo de muchas ciudades del mundo. En medio del caos acechante, si algo nos rescata de los sinsabores, la desolación y la solemnidad son las experiencias con quienes tendemos puentes.

Bien haríamos en procurarnos hermandades que lo aseguren. Aunque de por medio vaya ampliar el cinturón y jugarse el pellejo en tren, metro y colectivo con tal de apaciguar la pulsión del hambre y el piquete del antojo. Y rozar los límites de la gula con el estandarte de la complicidad de por medio.


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Carlos Gutiérrez
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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