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Lunes , 22.04.2019 / 21:22 Hoy

El ornitorrinco

Vacaciones

Bárbara Hoyo

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Pasé algunos días en un hostal ecológico de Zipolite para aprovechar las merecidas vacaciones que me gané por ser buena Godínez, después volví a casa, y al día siguiente volé a Las Vegas. Hoy escribo esta columna desde la habitación 1239 de un hotel en Las Vegas. Es increíble cómo contrastan este par de pequeños mundos de paso para distintos tipos de personas. O, en mi caso, para una misma persona que juega a observarlos casi de manera simultánea sin la más remota posibilidad de pertenecer a ellos. Por una parte, estar en medio de la nada, donde lo único que hay es arena y mar, y donde se pierde un poco la identidad porque no hay otra cosa que la naturaleza que, a su manera, nos habla en un idioma que no es nuestro, pero entendemos. Y, por la otra, visitar una ciudad que en su interior imita muchas ciudades, resulta delirante. Quizá lo único que tienen en común este par de lugares es la intensidad de sus temperaturas. La diferencia es que en la playa uno se refugia en la sombra y, aquí, en el casino más cercano.

El comportamiento humano en ambas situaciones es muy curioso. En la playa, las personas caminan semidesnudas –de manera literal y metafórica– y pasean con una honestidad a flor de piel, como si cualquier contacto que pudieran tener, ya sea con la naturaleza o con otra persona, se diera en un espacio donde no se necesita estar alerta. A la playa uno no va a las vivas, porque no hay nada en juego. En cambio, en Sin City, las personas no se muestran, al contrario, vienen a practicar su pokerface, para que, en un sentido muy retorcido, crean que ganan, mientras pierden.

La diferencia en la distribución de recursos de ambos lugares es ridícula, obscena y ofensiva. No hay aquí un solo metro cuadrado desperdiciado. Todo está repartido y diseñado para que a cada paso se nos antoje consumir eso que nos ofrecen y que ni siquiera sabíamos que queríamos. Son productores profesionales de deseo, de satisfacción inmediata, pero no de saciedad.

A lo lejos, casi apartado del Strip, de color dorado, se alcanza a ver el hotel Trump. La conductora de Uber me contó que en realidad no es de Trump, sino de Hilton, pero como todo lo demás, también es solo su nombre. Detrás de cualquier cosa que lleve el nombre de Trump, siempre hay alguien más, dice. Curiosamente, es uno de los pocos hoteles sin casino de Las Vegas.

¡Vaya experiencia! Vuelvo a la Ciudad de México, no sin antes perder unos cuantos dólares y el bronceado que me dejó estar tantas horas tirada en la arena, frente a kilómetros de puro mar.

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