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Jueves , 25.04.2019 / 19:35 Hoy

El ornitorrinco

Viajar

Bárbara Hoyo

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Pienso en todas las veces que he estado en esta playa, que es la misma playa, pero –recordando a Heráclito– nunca el mismo mar. Desde hace más de 15 años las playas oaxaqueñas han sido un refugio que me permite retirarme lo suficiente de mi territorio, urbano y contaminado, para observar y sentir, desde otra perspectiva, la vida. La vida en particular y la vida en general. Y, entre ola y ola, entender que lo que de verdad importa casi nunca coincide con lo que yo creo que importa.

Tengo un espíritu nómada. Los viajes han sido parte fundamental de mi estructura y de mi historia. Todo lo resumo a que soy una clasemediera con mucha suerte. Salí por primera vez de México cuando tenía 17 años. Recuerdo que, a regañadientes, mi papá firmó el pasaporte, pues no estaba de acuerdo con mi madre en incentivarme a descubrir de qué se trataba este mundo más allá de mis cuatro paredes. Algo que, coincido con ella, nos hace falta a todos.

Sin embargo, eran muchas mis ganas de irme y mi mamá es muy terca, así que volé a Londres y recorrí los países que pude con un presupuesto muy bajo y con los días limitados. Volví con la única certeza que la mejor manera de conocer mis límites y mis alcances, era viajando.

A los 19 años volví a Europa por un periodo de tiempo más largo. Decidí establecerme en España. Mi viaje duró seis meses. Cuando me preguntan a qué museos fui, no tengo ni idea. Soy muy mala turista. Pero conocí mucha gente y comí de todo. A los 24 años, me inscribí como au pair en Estados Unidos. La familia que me tocó vivía en Purcellville, un pequeño pueblo cerca de Washington D.C. Ahí estuve otros seis meses. Regresé a México y decidí estudiar psicología. Y a los 30 años regresé a Londres. Viví casi un año ahí. Y volví. Ya no a mi ciudad de origen, pero sí a mi país. En estos días se cumple un año del rediseño de mi plan de vida. Plan que nunca ha sido un plan sino una serie de acontecimientos que me han mantenido en constante movimiento. Y es que, hace un año exactamente, mi espíritu nómada me pidió un descanso.

Escribo desde el aparente vacío de las vacaciones, en las que no hay que hacer nada más que ser. Y descanso, sí, pero no sin haber viajado un poco, más allá de la ciudad en la que luego es imposible pensarse a uno mismo. Y, entre ola y ola, entiendo esto que, aquí, soy. Hay, de pronto, un mar de fondo y el riachuelo que me separa de él, que nunca es el mismo, se vuelve laguna, un charco de agua en apariencia estático, pero en realidad y en el fondo cambiante. Como yo, y como tú. Eso es lo que me gusta de viajar: uno no puede seguir siendo el mismo después de moverse tanto.

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