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Lunes , 22.04.2019 / 21:34 Hoy

El ornitorrinco

¿Ustedes los conocen?

Bárbara Hoyo

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Tienen ordenados sus cajones y lavan su coche por lo menos una vez por semana. Llevan las uñas bien cortadas y tienen horarios para irse a la cama. Hacen ejercicio, corren. Comen sano. Están en contra del gluten y a favor de la soja, el aloe y la clorofila. Los he visto hacer los mismos gestos, ejercer la misma fuerza al apretar la mano, combinar la ropa de la misma manera: azul con azul, rojo con rojo y café con café. Se quejan de lo mismo: el clima, los lunes, el tráfico, la familia, el jefe, el vecino y el compañero de trabajo.

Algunos de ellos padecen ceguera voluntaria: no ven lo que no quieren ver y ven lo que quieren, cuando quieren. Son aprensivos, apretados, rígidos, inflexibles, casi estáticos. Casi nunca están solos y no parecen estar interesados en observarse y cuestionarse si ese amor propio del que tanto hablan, en realidad existe. O, por lo menos, sea como lo pintan: estable y plano.

Tienen cierta fascinación por señalar a los demás como culpables, pero todavía no saben, o no entienden, o no quieren entender, que eso no les cambia los resultados. Si no son sus padres, son sus parejas, pero rara vez son ellos los catalizadores de sus incendios. Cuando no ven salida posible, hacen cita con el terapeuta (humanista, por supuesto) para que les recuerde que lo importante no fue lo que paso, sino lo que viven hoy. Aquí. Ahora. ¡Vaya alivio, vaya forma de aliviar la culpa!

Tienen la fórmula perfecta para ser felices: no suponen, son impecables con su palabra, no se toman nada personal y hacen lo máximo que pueden. Y, por si no fuera suficiente, llevan siempre bajo la manga una frase de Jodorowsky, de Gandhi y hasta de la Madre Teresa. ¿Por qué? Porque les va mejor que alguien piense por ellos y les traduzca el mundo. Quizá sea porque no tienen mucho tiempo, están muy ocupados siendo exitosos, mirando hacia abajo, desde la cima, desde lo alto.

Pero no hay que ser duros con ellos. Debemos tener cuidado, pues son tan frágiles que en cualquier momento se rompen. Y, cuando su aparente equilibrio los ponga a prueba en la cuerda floja, cuando pierdan el control o se enteren que nunca lo tuvieron, cuando se den cuenta que la estabilidad es un oasis y que la luz de vez en cuando se apaga, cuando necesiten (porque no queda más remedio) hacerse cargo de ellos mismos y narrar su historia desde un ángulo incómodo, cuando la verdad los acorrale y ni las Flores de Bach o la acupuntura los rescaten, ahí: ahí podrán saber, por primera vez, quiénes son y de qué están hechos.

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