Entre el dolor y la urgencia que motivan la lucha feminista de hoy se nos puede olvidar que la violencia hacia la mujer y lo femenino tiene muchos rostros. Con su película Nunca, rara vez, a veces, siempre (Never Rarely Sometimes Always) la realizadora neoyorquina Eliza Hittman nos recuerda que como niñas, adolescentes y mujeres de todas las edades, estamos acostumbradas a recibir - y aguantar - un trato “especial” por parte de un buen número de hombres. La directora define su filme como “drama cotidiano”. Y quizás sea justamente la cotidianidad con la que las jovencitas de la película reciben las galanterías de un cliente sesentón, los avances de un joven que se ofrece ayudarlas, las ofensas de un compañero y los reproches de un padre que dice “en esta casa nadie me quiere”. En febrero del 2020 el filme impactó a los asistentes del Festival Internacional de Cine de Berlín. La pandemia retraso su estreno en salas y su exhibición por streaming no causó ni la atención ni la reflexión que se merece.
La película narra las experiencias de unos pocos días en la vida de Autumn, una jovencita de 17 años de Pensilvania. Conocemos a la protagonista en un concurso escolar de talentos donde los jóvenes presentan coreografías de baile e imitaciones de cantantes de rock. Vestida con un suetercito color rosa y brillos en los párpados, Autumn canta una canción triste que dice: “Me hace hacer cosas que no quiero hacer, me hace decir cosas que no quiero decir. Con el poder del amor”. A la mitad de la presentación un chico del público la interrumpe con el grito “prostituta”. Todos se ríen. Los siguientes minutos muestran a Autumn con su familia, en la soledad de su cuarto y en la visita a una clínica dónde le confirman que está embarazada. Decidida de resolver su problema sola, Autumn busca la manera de viajar a Nueva York ya que en Pensilvania necesitaría el permiso de sus padres para poder someterse a un aborto.
Autumn emprende el viaje junto a su prima Skylar, quien, aunque tiene la misma edad, es menos tímida y ha aprendido a utilizar su feminidad para resolver problemas. Entre los estudios y trámites para obtener el permiso, Autumn debe contestar a un cuestionario de una trabajadora social que la invita a responder con opción múltiple: Nunca, rara vez, a veces o siempre. Autumn duda en las primeras respuestas acerca de su vida sexual y se desmorona cuando la mujer la pregunta si fue hostigada, abusada o violentada en su dignidad e integridad física o emocional.
Eliza Hittman no pretendió hacer un filme de denuncia. Narra con simplicidad y observa con una cámara centrada en las expresiones del rostro y los gestos, cómo las jovencitas perciben su entorno y lo que éste les provoca a nivel de emociones y sentimientos. Como espectadores nos preocupamos por la situación de peligro en la que se encuentran. Han aprendido a estar solas, valerse por si mismas pero son frágiles, algo necias y si no fuera por su amistad estarían completamente solas. Pronto dejarán atrás la estorbosa e inútil maleta que cargan por las calles y el metro. Por lo menos eso sugiere el desenlace del filme.