Desde que vi y reseñé la película “En cuerpo y alma” (“Body and Soul”, 2017) de la realizadora húngara Ildikó Enyedi, no he olvidado el impacto que me causó el ambiente, los personajes y el enigmático tono del filme. Recuerdo a detalle cómo la modesta empleada de un rastro limpia con chorros de agua la sangre de las reses sacrificadas, veo a su jefe con una discapacidad sentado en la soledad de su oficina y observo cómo los dos personajes comparten en sus sueños la imagen de venados entre los árboles de un bosque. La película no narra mucho más pero fascina por los enigmáticos lazos entre dos soledades de las que crece armonía y unión.
La originalidad del tema y la sensibilidad con la que la realizadora desarrolla la trama del despertar de la comunicación humana también se encuentra en su película “Un amigo silencioso” (“Silent friend”) que se estrenó en el Festival Internacional de Cine de Venecia en septiembre del 2025, donde ganó el premio de la Crítica Internacional FIPRESCI y el de mejor actriz para Luna Wedler. Por lo que destaca “Silent Friend”, una coproducción entre Alemania, Francia, Hungría y Hong Kong, es la estructura de historias en varias épocas y la complejidad con la que el filme teje la relación del ser humano con la naturaleza. O, quizás más bien, la importancia de la naturaleza –en especial las plantas– para la existencia humana.
El filme empieza con una secuencia maravillosa en la que un neurocientífico chino (Tony Leung Chieu-Wai) registra las reacciones de un bebé con sensores cerebrales a los estímulos visuales y sonoros que él le provoca con animales de peluche. Los primeros planos sobre el rostro del hombre maduro, la carita con inmensos ojos del bebé y los colores y movimientos del registro de las ondas cerebrales, es fascinante y marca el resto del filme. La historia del investigador chino que es invitado a la universidad de Marburg, Alemania, sucede en el año 2020 y describe el aislamiento y la soledad que provocó la pandemia del COVID que limitó la vida y la investigación del profesor al campus universitario y las plantas de su parque.
Una segunda historia, fotografiada con cámara de 16mm, gira alrededor de un estudiante de la universidad en 1972, época de revolución estudiantil. Como encargado de una malva con sensores que registran su crecimiento, el estudiante Hannes (Enzo Brumm) descubre su misión a cuidar de la naturaleza. También la tercera historia, situada en el año 2008 observa la sensibilidad de un personaje joven. La alemana Grete (Luna Wedler) se apasiona por la ciencia y pretende estudiar biología en contra de profesores que se resisten en aceptar a una mujer como estudiante. Grete se impone y se convierte en la primera mujer que estudia biología. La historia de Grete, narrada en blanco y negro, es maravillosa y conmovedora ya que describe la pasión científica, los inicios de la fotografía y el descubrimiento del estudio del cuerpo humano. Ninguna reseña del filme podría, sin embargo, omitir el personaje central y la base temporal y vital de filme: Un inmenso y viejo árbol Ginko biloba que se plantó en el parque de la universidad en 1832. La especie de árbol originario de China es un fósil viviente debido a su presencia en el registro fósil desde hace 290 millones de años. Con su belleza, antigüedad, vitalidad y colorido cierra una película que nos deja aprendizajes, reflexiones y admiración por un tipo de cine que rompe con las convenciones.