En medio de un gran movimiento internacional por la exaltación de los derechos humanos, con voces poderosas como la del Papa Francisco, que la usa para llamar a la misericordia y a que nos veamos como iguales, con un recién otorgado Premio Nobel de la Paz, al activista bielorruso Ales Bialiatski, quien documentó crímenes de guerra entre Rusia y Ucrania, la vulneración de los derechos humanos y el abuso del poder.
Ahí, en medio de esta marejada global de igualdad y de solidaridad aparece, casi desdibujada, la migración y la hecatombe casi invisible que deja a su paso.
De qué nos sirve desgarrarnos las vestiduras con el empoderamiento de las mujeres, de los derechos de la comunidad LGBT, con los discursos anticorrupción y la pretenciosa y elitista participación ciudadana si todavía no superamos los abusos que se gestan durante las ancestrales migraciones.
El término es puntual: Migración equivale al desplazamiento de una población por distintos motivos, generalmente es para la búsqueda de mejores condiciones de vida, así ocurrió apenas a inicios de septiembre, cuando Jesús Iván de 22 años de edad decidió dejar su pueblo natal San Martín (ejido de Mapimí) para buscar el "sueño americano".
Dejó a su esposa y a dos hijos, tres años y seis meses.
Chuy, junto con otras 12 personas cruzaron el Río Bravo por el estado de Chihuahua, por El Paso y lo lograron; ya en territorio estadunidense se toparon con la cara más cruenta del odio, dos sujetos (al parecer gemelos) dispararon a discreción y mataron a Chuy, también dejaron malherida a una joven de 19 años originaria de Lerdo.
Ya fueron detenidos pero están acusados de asesinato involuntario (¿?).
El grupo estaba bebiendo agua en un paraje y los "gringos" pasaron, los vieron y se regresaron a dispararles.
No eran agentes de la "border", no eran policías, el grupo no hizo nada que atentara en su contra y aún así decidieron dispararles, en fin.
Ahora Nicolás Sepúlveda le llora a su hijo Chuy, pero le llora desde Ciudad Juárez porque no lo han dejado pasar a los "yunaites", evidentemente el hombre es velador de un predio y ni de chiste tiene el documento migratorio. Jesús tiene once días muerto y su familia no ha podido verlo.
Y nos estremecemos con lo que ocurre en Ucrania (que de ninguna forma es peccata minuta), pero el odio y la desventaja están a la vuelta de la esquina, aquí, a unos kilómetros, cruzando el río.