El presidente de la nueva Suprema Corte de Justicia, Hugo Aguilar Ortiz, fue sorprendido ayer por las cámaras de Nmás, en plena calle, mientras sus colaboradores se agachaban para limpiarle los zapatos.
Esto sucedió justo antes de su ingreso al Teatro de la República en Querétaro, donde iba a ser orador principal nada menos que del aniversario de la Constitución.
El ministro salió a explicar el video. Dijo que fue un accidente. Que a una colaboradora se le cayó el café. Que su zapato se manchó. Que ella intentó resolver la situación limpiando lo que había manchado. Que él no se dio cuenta en el momento. Que le pidió que no continuara. Que el gesto no refleja superioridad ni soberbia de su parte.
No es eso lo que vimos.
“En 57 años de reportero jamás había visto algo tan indignante”, dijo Joaquín López-Dóriga en su inmediato comentario a las imágenes. Ni él ni nadie.
De hecho, la palabra indignante apenas alcanza para describir lo que sucedió: un presidente de la Corte que se deja limpiar los zapatos por sus colaboradores, y ve si están limpios a su gusto o no, en plena calle, el día de la Constitución.
Eso es lo que vimos.
Difícil encontrar una imagen de mayor degradación del servicio público. Bien visto, una emanación natural del personaje.
Desde que tomó posesión de su puesto en una elección fraudulenta, Hugo Aguilar se ha mostrado capaz de cualquier cosa en la derogación de su investidura.
Pero aquí dio un salto cuántico, demostró sin equívocos lo que es y de lo que entiende como su lugar de preponderancia y de poder en la vida pública de México.
Este es el demagogo que dijo que iba a traer la justicia para el pueblo. Lo único memorable que ha traído hasta ahora es esta escena de degradación y autodegradación del servicio público.
Lo de Hugo Aguilar Ortiz es un autorretrato ignominioso. De él y de lo que preside. Este personaje no puede ser presidente de la Corte, ni siquiera de la Corte degradada por el fraude que tenemos.
Debe renunciar y volver de donde vino, de donde nunca debieron sacarlo. Está por completo fuera de lugar, de manera infamante para todos.