El robo de hidrocarburo en México dista de ser una batalla ganada; exhibe un arraigo geográfico alarmante que obliga a replantear la seguridad. Una reveladora investigación periodística de mi compañero y amigo Miguel Puértolas, director de MILENIO Hidalgo, devela que tres entidades concentran casi la mitad de la incidencia nacional.
En este complejo escenario, Puebla se posiciona en el segundo lugar como un epicentro crítico de la extracción ilícita de combustibles, desafiando de manera permanente a las instituciones gubernamentales.
Las estadísticas del Secretariado Ejecutivo no dejan margen para el optimismo ni la complacencia. Entre enero de 2023 y mayo de 2026, la Fiscalía General de la República inició 29 mil 627 carpetas de investigación en torno a estos ilícitos.
De ese volumen, el territorio poblano acumuló 3 mil 832 expedientes, superado únicamente por las tierras hidalguenses y en tercer puesto se encuentra el Estado de México.
Esta preocupante numeralia demuestra que nuestra entidad padece una problemática estructural enquistada en sus regiones.
Según lo veo, aunque a nivel macro hubo un descenso en las indagatorias durante 2024, el fenómeno delictivo repuntó con fuerza el año anterior, registrando el pico más alto del último cuatrienio.
Además, la tendencia observada en los primeros cinco meses de 2026 ratifica que la extracción ilegal mantiene un ritmo acelerado. No estamos ante eventos fortuitos, la incidencia delictiva trata de sostener el paso explotando la infraestructura logística que cruza el centro del país.
Nuevamente, esta región del país enfrenta un reto: comprender que estos ilícitos no son un simple indicador policial, son un flagelo que rompe sin miramientos el tejido social.
No basta con tapar los ductos perforados, el Estado debe transitar de los operativos hacia la inteligencia policial y el profundo saneamiento institucional.
Mientras los expedientes ministeriales sigan acumulándose en las agencias federales y no detengan peces gordos, nuestras entidades continuarán bajo la pesada sombra de un vampiro, que se sostiene de chupar las arterias por donde corren nuestros hidrocarburos: la sangre de México.