El domingo en la mañana, en el trayecto de Teziutlán a la capital poblana, quien esto escribe hizo una escala técnica en una gasolinera. Tras pagar los cinco pesos por el uso del sanitario, ingresé al lugar y encontré una escena indignante: la llave del lavabo estaba totalmente abierta, derramando litros de agua.
No se trataba de un desperfecto mecánico; simplemente fue un acto de pura negligencia de parte del usuario anterior. Cerré el grifo de inmediato, pero el sinsabor permaneció durante todo el viaje de regreso.
Estamos en plena temporada de lluvias y la falsa sensación de abundancia nos rodea. Este año el estío fue breve y las sequías cedieron espacio en la agenda informativa. Sin embargo, la crisis hídrica no es un asunto estacional; es una problemática aguda, silenciosa e irremediablemente: irreversible.
Resulta paradójico que mientras en diversas metrópolis proliferan las protestas por el desabasto, en nuestra fértil Sierra, bendecida con manantiales y veneros, existan personas con tal falta de conciencia.
Ante este panorama, la interrogante salta por su propio peso: ¿qué están haciendo los gobiernos federal, estatal y municipales para concientizar a la población? ¿qué hacen –incluso los organismos operadores de agua en todo el estado, públicos o privados?
Pareciera que aquellas emblemáticas campañas en medios masivos que llamaban a reparar fugas, moderar el consumo y evitar el uso de mangueras a fin de limpiar las banquetas o autos, quedaron en el olvido.
La inacción gubernamental en difusión es tan alarmante como el desperdicio mismo.
Es urgente que autoridades, líderes de opinión y hasta creadores de contenido nos sumemos en una cruzada que trascienda las redes sociales.
Necesitamos un movimiento transversal que resuene con fuerza en las aulas de todos los niveles educativos, en las empresas y en los espacios públicos. Cuidar el líquido no puede ser una moda, sino una política de Estado permanente.
Antes de que sea muy tarde, cerremos la llave.