Digan lo que digan, estoy convencida que mil palabras dicen más que una imagen. No lo puedo ver de otra manera, quizá porque me dedico a escribir, y escribo porque no tengo duda que la correcta combinación de verbos, personas y adjetivos puede romper el código de cualquier cerradura y abrir con ello una relación, pero también cerrar una disputa. Creo en el poder de una oración —sujeto, verbo y predicado— aún del ateo y del infiel. A pesar de ello, no puedo negar que existen imágenes que contienen un poderoso pegamento en el reverso. Un adhesivo que, aunque pase el tiempo, no se despega. Basta con nombrarlas para evidenciar que siguen fijas en la memoria. Evocarlas. Cierre los ojos y deje que yo las llame para usted: las Torres Gemelas, imposible no despertarlas alineadas contra el cielo entre las nubes de humo y polvo. El Hindenburg, cayendo envuelto en llamas, con la torre de alta tensión en un costado. La Plaza de Tiananmen, el tanque y él. La caída de la Línea 12 del Metro.
Este 2021 tenía que ser un año distinto al que fue. La esperanza de la llegada de las vacunas hacía pensar que regresaríamos a nuestra realidad. Ni siquiera a una nueva, sino a la que ya teníamos, a la de siempre. Todavía no es así. Sin embargo, la primera imagen que marcó este 2021 sí es la de una vacuna. Como la evidencia del poder de la ciencia. Como una afilada línea de salvación que se hunde hasta el fondo en cualquier brazo, en millones de hombros. Una vacuna vista de reojo, con la distancia de apenas una barbilla, hundiéndose en nuestro propio hombro.
La segunda imagen de este año cae debajo de un titular que dice: “República Bananera”. La toma del Capitolio entre el humo y una turba que escaló paredes y rompió vidrios siguiendo la arenga del que en ese momento todavía era presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, para intentar detener la ratificación de Joe Biden. Ya sé, parece que fue hace más tiempo, pero apenas fue este 6 de enero. Y es que además de distinto, 2021 también debió ser menos largo de lo que hasta hoy ha sido.
Una imagen imborrable que resultó brutal al tiempo de conmovedora: la estructura que se puso para “defender” Palacio Nacional de las mujeres. Una gruesa estructura de hierro negro que las mujeres terminaron derribando con el sentimiento al llenarla de flores y escribir con pintura blanca los nombres de las muertas, agredidas y desaparecidas. Evidencia indeleble del poder vencido por el poder simbólico.
Y una imagen trágica: la caja blanca de un tráiler volteada a mitad de una curva en la cual viajaban 150 migrantes y a la fecha han muerto 55. La imagen de una corrupción asesina.
El peso de este álbum lo llevaremos a cuestas por el resto de nuestras vidas, sin embargo, hay una imagen que trae doble pegamento: la Línea 12. Dese cuenta que no dije “caída” y no dije “Metro” y, a pesar de ello, sé que la está viendo. Los cables, como ligamentos, aún tensados. La vía colgada. Los vagones en “v” contra el pavimento.
Una imagen de indolencia y corrupción tan fuerte, que arrancó de manera adelantada la sucesión presidencial, para tratar de proteger y distraer.
Imágenes todas que marcaron 2021, menos una: la Línea 12. Esa imagen será una de las que marcará el sexenio.
Ana María Olabuenaga