• Regístrate
Estás leyendo: Estados Unidos y la trampa del nacionalismo
Comparte esta noticia
Miércoles , 20.03.2019 / 08:47 Hoy

Columna de Amy Glover

Estados Unidos y la trampa del nacionalismo

Amy Glover

Publicidad
Publicidad

Yo creo que Estados Unidos es el mejor país del mundo. Así lo siento.

Samantha Power, representante de EU ante la ONU, 2013

Estados Unidos es el mejor país sobre la faz de la tierra y cuando la gente vota con sus pies, vienen aquí.

Michael Bloomberg, 2016

Donald Trump es ahora el presidente de Estados Unidos y nos asegura que el país está en llamas y que él ha llegado para salvarnos…de qué, no estamos tan seguros. Los hechos indican que la economía está creciendo y la tasa de desempleo está en el nivel más bajo desde la crisis de 2008. Pero como dijo recientemente su consejera Kellyanne Conway, la administración de Trump maneja “hechos alternativos”.

¿Cómo pudo Trump convencer a tantos estadunidenses de votar por él a pesar de que jamás en su vida había ocupado un cargo público? Mucho se ha escrito sobre el apoyo que recibió Trump por parte de la clase media baja que se considera aislada de la economía global y distanciada de las élites políticas, pero hay otro factor importante que vale la pena analizar: el nacionalismo.

Recuerdo bien lo que sentía de niña como alumna de primaria en la escuela pública de EU. Cuando cantábamos el himno nacional era difícil contener las lágrimas por el intenso orgullo que sentía. Me parecía raro pensar que había gente que vivía en otros países, porque claramente todo lo importante sucedía en Estados Unidos. Los demás países eran interesantes por su cultura o su gastronomía, pero eran simplemente eso, curiosidades, geografías por explorar. No se comparaban con los atributos de la nación americana y su inigualable éxito.

Me acuerdo también que en la escuela me enseñaron que el nacionalismo era algo peligroso. Estudiamos la Segunda Guerra Mundial y mi maestra atribuía la llegada de Hitler al poder en Alemania al nacionalismo, un mal que facilita el camino hacia el fascismo. Pero nadie pensaba que ese peligro podría acechar a nuestro país, porque al final de cuentas los estadunidenses no solamente creen que son mejores que los demás, sino que están convencidos de que son esencialmente bien intencionados. ¿Por qué rechazaría otro país nuestro liderazgo, cuando claramente somos el ejemplo a seguir y somos gente “buena”? Recordemos que Hillary Clinton nunca cuestionó la etiqueta de “grandeza” cacareada por Trump, sino más bien precisó que “ya somos grandes, porque somos buenos”.

La autoestima inflada de los estadunidenses no es lo mismo que ese amor a la patria que naturalmente sienten los ciudadanos de otros países. Esto es distinto. El nacionalismo americano afirma que su país es el mejor por razones fundamentales y que el proyecto nacional tiene un destino superior. Los políticos de ambos partidos no se cansan de recordarnos que EU es el mejor país en la historia de la humanidad, bendecido por Dios (el cristiano, por supuesto).

Trump supo lucrar con este sentimiento de superioridad y creó una falsa narrativa en la que EU aparece por primera vez en su historia como víctima de la corrupción moral de sus élites, de los abusos de otros países, de la violencia desmedida del Estado Islámico, etc. A pesar de que los hechos no indican que el país está en ruinas (“american carnage”), Trump plantó la semilla de la duda en el corazón del nacionalismo yanqui, con un simple enunciado: ya no somos grandes.

Trump considera que EU no necesita negociar con los demás países, sino imponerse. Su triunfo es un síntoma del choque entre el excepcionalismo americano y las realidades de la globalización que obligan a EU a tener que enfrentar una mayor competencia por parte de otras naciones. Para Trump las relaciones internacionales son un juego “suma cero” en el que el objetivo es apabullar al contrario, es “America first”.

El nuevo presidente es la personificación de la arrogancia estadunidense que declara su superioridad a grito pelado, un monstruo creado por un nacionalismo fundamentalista. Para aquellos que luchamos contra este resultado electoral ahora nos compete organizarnos como sociedad civil, minimizar el daño, y defender el uso de la razón y las instituciones democráticas. Las marchas de protesta de millones de mujeres y hombres al día siguiente de la inauguración es una clara muestra de que habrá resistencia a Trump durante su presidencia. Lamentablemente, ahora él tiene al poder del Estado de su lado y utilizará el nacionalismo como herramienta de convencimiento e intimidación contra sus enemigos.

*Directora para México de McLarty Associates, miembro del Comexi, estadunidense por nacimiento y mexicana por elección

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.