Hacer escuela implica desde un principio contextualizar los momentos actuales de la educación y tener presente la función crítica que le compete, es decir, de manera permanente debe nutrirse de la realidad del presente en pos de reconstruir continuamente su modelo educativo, articulado a la práctica educativa.
Hacer escuela, implica también, tomar un posicionamiento pedagógico ante la política educativa vigente. Los docentes de manera particular, no pueden quedar pasivos ante el deterioro de los procesos educativos, su papel debe ser más participativo y con claridad de pensamiento de lo que desea contribuir.
Hacer escuela, considera que los docentes incentiven aprendizajes creativos, transformadores e innovadores, que son clave en una formación integral de los educandos ante las demandas del entorno social y que le exige la vida contemporánea, completamente informatizada, globalizada y capitalizada.
Para hacer escuela, es necesario problematizar su función. Preguntarse ¿por qué la escuela se erige como espacio estructural e institucional de las sociedades para reproducir su ideología y ejercer el poder? Es cuestionar la función actual de la escuela. Bourdieu y Passeron sostuvieron que "la escuela se constituía en el instrumento más acabado del capitalismo para reproducir las relaciones de producción y la ideología del sistema" (Gadotti, 2006b: 1). En este sentido, podemos advertir que las tendencias actuales muestran cómo las escuelas latinoamericanas responden a una educación que se convierte en servicio y oferta del mercado pues, en última instancia, reproducen las concepciones ideológicas capitalistas de las que son parte y a las cuales se deben.
Desde otros análisis, he apuntado que la política educativa neoliberal ha marcado tendencia hacia la privatización de los ámbitos educacionales públicos en todos sus niveles de enseñanza y con ello disminuir el presupuesto estatal para la educación. Si esto lo reconocemos así, es conveniente que los educadores hagamos escuela. Reposicionar como eje rector del desarrollo humano, el pensamiento, la filosofía y en general a las ciencias sociales y humanidades. Debemos de pensar a la educación pública en un contexto resignificado, teniendo como base una acción político-pedagógica alternativa a las propuestas del currículum oficial.
Elsie Rockwell (2007) menciona que todo proceso revolucionario identifica a la educación, tarde o temprano, como un instrumento clave para la transformación social. Proyectos políticos de distinto signo han apostado al cambio de estructuras por la vía de la formación del "hombre nuevo". En muchas sociedades la escuela ha sido un espacio privilegiado en los intentos de generar las condiciones culturales para socializar las ideologías de los nuevos regímenes. A pesar de eso, en los años recuentes la educación se ha convertido en un dominio predilecto para demostrar que los estados posrevolucionarios casi nunca han logrado lo que prometen.
En esta perspectiva, es necesario repensar la función de la escuela. Transitar hacia una nueva concepción de la realidad social, implica reinterpretar la sociedad y la historia a la luz de los nuevos cambios sociales, culturales, económicos y políticos de la región. Entonces, un camino posible para hacer escuela, significa repensar el andar y proyectar las nuevas utopías del cambio y la transformación educativa y social que necesitamos.
Rockwell (2007) enfatiza que las reformas educativas no son procesos inmunes ante la dinámica de cambio y continuidad. En toda revolución, la cuestión educativa se ha planteado como punto central para negociar la identidad y legitimidad de los regímenes que toman el poder. En estos periodos, las instituciones educativas se encuentran en el centro de los procesos políticos y de las luchas sociales, aunque aparenten mantenerse al margen. Para avanzar es necesario reconstruir con cuidado el "campo de fuerzas" y conocer los actores sociales precisos que arman las redes de relación entre un estado posrevolucionario y la educación pública.
Hacer escuela significa apostar por una propuesta educacional de apertura, de redefinición de los actores sociales y sus funciones, que rompa con las formas tradicionales de educación, con las estructuras y la institucionalidad establecida, así como también que cuestione la distribución del poder y considere como punto central la educación pública como un dispositivo de participación, formación e instrumentación de prácticas culturales y sociales.
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