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Sin ataduras

Construir la grandeza mexicana

Agustín Gutiérrez Canet

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No hay hito en la historia de nuestro país más inextricable, maniqueo y apasionado que la Conquista del imperio mexica por Hernán Cortés, el más extenso y fuerte sistema político de la América prehispánica.

Durante 500 años, la nación que hoy somos se co-fundió entre españoles e indígenas, pero se confundió su identidad como enemigos eternos. Debemos reconciliarnos.

La confusión radica en creer que los mexicanos de hoy somos los mexicas de ayer. Como si la historia se hubiera congelado durante cinco siglos, algunos solo se reconocen en el héroe Cuauhtémoc. También la confusión se debe a mexicanos que suponen que el presente de México es predominantemente español con una marginal raíz indígena, la cual no comprenden.

México no existía cuando llegaron los españoles. Los mexicas de ayer no somos los mexicanos de hoy. México se forjó durante tres siglos con el virreinato de la Nueva España y nació hace dos siglos como nación independiente.

Juzgar los hechos del pasado con los valores del presente conduce al despropósito, aquí y en España. La historia hay que comprenderla a partir de las visiones imperantes de esa época.

Sobre la conquista, cada historiador analiza hechos y personajes desde su contexto ideológico, religioso y cultural. Algunos tienen parte de razón y otros mucha de emoción.

En México, la aportación del historiador Miguel León Portilla con la Visión de los vencidos fue crucial para comprender nuestra identidad holística, que es más que la suma de dos culturas. Gracias al nahuatlato que rescató los puntos de vista de los nativos sobre lo que fue para ellos la Conquista.

José Vasconcelos escribió Hernán Cortés, creador de la nacionalidad para demostrar por qué merece dicho título que tanto se le ha regateado al creador de instituciones y de la cultura: hoy México es el país hispanoparlante más grande del mundo.

En la España del siglo XVI se exaltó la eficacia renacentista, entendida como fortuna, nos explica el historiador español Mario H. Sánchez-Barba, en su biografía sobre el extremeño.

Resulta, escribió el autor, difícil encontrar en la historia una empresa, como la de Cortés, donde haya sido necesario vencer mayores antagonismos: “Tuvo que vencer la resistencia de los pusilánimes que sentían miedo a lo desconocido y querían regresar a la seguridad de Cuba o que, después del desastre de Tenochtitlan, querían abandonar; tuvo, en fin, que vencer rencores, envidias, calumnias, calamidades, traiciones”.

Debemos rechazar la estéril controversia entre indigenismo e hispanismo. Reconocer los antecedentes indígenas e hispanos de nuestro mestizaje que formaron un nuevo país, que ni es Tenochtitlan ni es España.

Aceptar también los reclamos por la vejación y explotación a los indígenas, no solo durante la Conquista y la Colonia, sino antes y después, incluso condenar el racismo en el México actual que evidenció Roma, de Alfonso Cuarón.

La razón moral del presidente Andrés Manuel López Obrador de pedir el perdón es válida e indispensable para una reconciliación. Pero empecemos por reconciliarnos nosotros mismos. Ya es hora de soltar los atavismos y elevar nuestro espíritu para construir nuestra propia, no transferible, responsabilidad: construir nosotros la grandeza mexicana, aún pendiente.

gutierrez.canet@milenio.com
@AGutierrezCanet

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