En muchos sentidos, La voz de Hind Rajab, de Kaouther Ben Hania es la pieza de resistencia en la curaduría de la 78 Muestra Internacional de Cine de la Cineteca. Su poder no emana ni de la imagen ni del artificio sino de este gesto audaz del cine de vanguardia: el diseño sonoro. En torno al sentido del oído va emergiendo, poco a poco, la vulnerabilidad.
Kaouther Ben Hania, la directora tunecina trabaja aquí con su montajista habitual, Nicolas Rumelhard. Hazem Berrabah está en la fotografía y Amine Bouhafa en el diseño sonoro que es, como he dicho, la columna vertebral de esta obra terrible, imponente e importante. La producción de Nadim Cheikrouha consigue que el ensamble se levante en torno a algo que trasciende la declaración estética y se mueva hacia una consigna ética: es más efectivo políticamente escuchar lo insoportable que verlo.
El título La voz de Hind Rajab no es casual. La obra está organizada en torno a este único eje emocional, la grabación real de la llamada de emergencia de la niña palestina de seis años que quedó atrapada en un auto bajo fuego. Y lo dicho, la directora no reconstruye visualmente la escena ni mucho menos dramatiza el asesinato. Ante semejante barbarie uno se sentiría engañado. La directora usa el centro de atención telefónica como espacio casi exclusivo de la acción lo que vuelve a la película restringida, austera y, sobre todo, muy contenida. Impone al espectador un encierro emocional y lo que vemos sólo replica lo que están escuchando los operadores: una ansiedad silenciosa e impotente que renuncia a todo tipo de espectáculo en que el arte pudiera confundirse con oportunismo.
Las luces del centro de atención producen un claustro burocrático. Son mínimas, frías. Las variaciones tonales y los movimientos de cámara son totalmente sobrios pues están aquí para acompañar el diálogo, no el drama.
Es en este punto en que el diseño sonoro de Bouhafa llega a su punto más radical: la voz de Hind, su respiración, sus silencios, sus súplicas dejan de ser narración y se convierten en algo que tiene la potencia emocional del Requiem de guerra de Benjamin Britten, una estructura sonora que trasciende la ficción y corroe la realidad. Los actores se quiebran y la voz del título, la de esta niña, se transforma en eje dramático.
El montaje recuerda un poco al cine político de los años de 1970. La realidad de pronto irrumpe para exigir responsabilidad. La denuncia, sin embargo, no viene desde un discurso directo, mirando al espectador y rompiendo la cuarta pared. Al negarse categóricamente a mostrar violencia gráfica Ben Hania pone al espectador ante una obra de arte que lejos de poder calificarse como inhumana ofrece un testimonio.
Más que poner en escena una muerte más como en toda ficción hollywoodense, La voz de Hind Rajab trae a presencia la muerte en sí misma. Ante la voz de la niña: silencio. Porque consuelo no lo hay. Y esto no es cine de manipulación. El objetivo de la directora es impedir que la voz de la niña asesinada calle ante la estadística, la geopolítica del TikTok o la indiferencia. Esta es, a mi parecer, la mayor contribución formal de Ben Hania: que transforma la memoria en espacio que obliga al espectador a atravesar una experiencia malévola, no desde la distracción visual, pero tampoco desde el dolor del masoquismo.
Esto es cine de resistencia, resistencia contra el olvido, gran cine que puede devolver a una víctima concreta su absoluta singularidad.
La voz de Hind Rajab
Kaouther Ben Hania | Tunez, Francia | 2025
AQ / MCB